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Berlín acogió en 2007, en el 50 aniversario de la Unión Europea, una declaración que muestra su voluntad de crecimiento. |
Aquel verano de 1992, los vuelos entre Frankfurt, el centro financiero alemán, y Budapest, la capital de Hungría, iban llenos. Pero la mayor parte de los viajeros no eran turistas. Eran empleados alemanes que, equipados de los primeros laptops, estudiaban en sus hojas de cálculo la compra de empresas húngaras. Tras la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 y la consiguiente caída en cascada de todos los regímenes del centro-este de Europa, que estaban en la órbita soviética, se iniciaba en esa región un proceso sin precedentes. En lo político, se trataba de implantar un modelo democrático. En lo económico, de transplantar el sistema capitalista, vencedor de la guerra fría. Pero había un problema. Esos países no tenían capital propio para levantarse, había que traerlo de fuera. Una de las causas de la caída del muro de Berlín y de la descomposición de la República Democrática Alemana, junto a las reformas de Mijail Gorbachov y la presión de los movimientos reformistas germano-orientales, fue el estado de bancarrota de la RDA. El sistema de economía planificada no daba más de sí.En Hungría, la transición a la economía de mercado se hizo de manera rápida. Apenas cuatro años después de la caída del comunismo, la mitad de las empresas habían sido transferidas al sector privado. El país magiar atraía la mitad de las inversiones extranjeras en la región.
En Polonia, el más extenso del antiguo bloque oriental, en estos veinte años se ha desarrollado un poderoso sistema de empresas pequeñas y medianas y el país es lo suficientemente grande como para mover la economía interna por sí mismo. Sin embargo, un sector fundamental como el agrícola sigue siendo débil por problemas estructurales, como el exceso de trabajo, las granjas pequeñas e ineficientes y la falta de inversión. Los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, hicieron enormes progresos, sobre todo tras su ingreso en la Unión Europea en 2004, con crecimientos superiores al 10 por ciento. Rumania, que entró tres años después, registraba en poco tiempos marcas mundiales en la matriculación de coches de lujo.
Crisis financiera
Pero toda esa fiesta se ha acabado. Al menos, de momento. La crisis del sistema financiero que se inició en Estados Unidos y que se trasladó después a la economía mundial ha castigado con especial fuerza a los países del centro y este de Europa. Por un error muy sencillo. No había capital, y el capital llegó de fuera. Y los préstamos se hicieron en coronas escandinavas, euros y francos suizos. Los flujos de capital estimularon el consumo, pero permitieron que se consumiera más de lo que se producía.
Para estos países la crisis no podía llegar en peor momento. Coinciden dos factores: una caída de las exportaciones hacia el oeste por el enfriamiento de la economía y una reducción drástica en la llegada de nuevos créditos, una espiral peligrosa. El crecimiento en la región, que fue del 3.2 por ciento de media en 2008, será este año de medio punto negativo.
Para hacer frente a la situación, estos países, que no tienen sus monedas en el euro, han devaluado: Polonia el 48 por ciento; Hungría el 30. La República Checa, el 21. Y la deuda se ha agigantado. En Bulgaria y Lituania el déficit supera el 15 por ciento de sus PIB.
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Berlín escenificaba la separación de Europa en dos bloques, pero es también donde renace
el futuro al convertirse en uno de los pilares de la Unión Europea. |
Los estonios, letones y lituanos, que durante los últimos años disfrutaron de fuertes crecimientos, tienen que hacer frente a la realiretroceso. Hungría ha tenido que pedir una ayuda urgente al FMI, el Banco Mundial y la UE por un importe de 20.000 millones de euros. Rumanía necesita una cantidad similar. Polonia produce un 5 por ciento menos que el año pasado. Y la Republica Checa, que alcanzó prácticamente el pleno empleo hace unos años, registra ahora un paro del 12 por ciento.
Gran parte de la alarma sobre la situación en el este se ha centrado en los bancos austriacos que han prestado a esa región un equivalente al 70 por ciento de su PIB.
En Suecia y Noruega, los bancos han sufrido pérdidas por su exposición en los mercados donde habían invertido, su área de influencia, los vecinos países bálticos, sacudidos por una fuerte recesión. Veinte años después de la caída del muro y de los regímenes socialistas, muchos países del centro y este de Europa no se han visto libres de la corrupción y de algunos tics “bolcheviques” entre las élites políticas, como denunciaba recientemente Adam Michnik, el editor de la polaca Gazeta Wyborcza. Este invierno, en algunas ciudades del este, los ciudadanos protestaban por la situación ante las sedes de gobierno, lanzando piedras y, aprovechando la estación, bolas de nieve. En cualquier caso, en la región unos están mejor situados que otros para hacer frente a la crisis.
Y destacan Polonia, la República Checa y Eslovaquia, países por otra parte de gran tradición industrial. Los grandes fabricantes de automóviles de Europa y Asia han levantado nuevas plantas: Fiat en Polonia, Kia en Eslovaquia y Volkswagen adquirió la checa Skoda. Estas instalaciones tienen dos ventajas fundamentales: son mucho más modernas que las de la Europa Occidental y los salarios siguen siendo mucho más bajos. Cuando VW adquirió Skoda en 1991, el salario medio de los trabajadores era de unos 200 euros.
VW creó su novísima factoría en Györ, Hungría, para el montaje de los motores de Audi, primero, y de algunos vehículos de la marca después, con piezas que se enviaban por tren desde la casa madre en Baviera, Alemania. El compromiso era un convenio a largo plazo con sueldos reducidos. Y ha sido la mano de obra barata, junto a la llegada masiva de capital, lo que ha permitido el despegue de las economías del este en estos años.
En los años siguientes a la caída del muro, tras el fin de la división de Europa en dos grandes bloques, la pregunta era qué hacer con el centro y este del continente, con los antiguos países de la órbita soviética. La mayor parte de los gobiernos de los países comunitarios entendían que una vez cumplidos los requisitos democráticos y el establecimiento de la economía de mercado, lo que se imponía era la ampliación, que la entonces Comunidad Europea no estaría completa sin su otra mitad. Pero Francia presentaba sus reservas como ya intentó, sin éxito, impedir la reunificación alemana, temerosa del renacimiento del gigante prusiano en el corazón de Europa. París temía también en esta ocasión que el centro y este del continente se convirtieran en el patio trasero de la gran Alemania, en su área de influencia. Sin embargo, la nueva Alemania unificada ha mantenido de manera impecable la actitud moderada, democrática y dialogante de los viejos tiempos de la República Federal de Bonn. Y, más importante, como reconocían los dirigentes alemanes en octubre de 1990, coincidiendo con la reunificación alemana, el país iba a estar ocupado mucho tiempo “digiriendo” la absorción de la extinta RDA. Y la digestión se ha hecho muy pesada.
Unificación
Apenas un mes después de la caída del muro, en diciembre de 1989, el canciller federal, Helmut Kohl visitó Dresde, al sur de la todavía existente Republica Democrática Alemana. Al ver la euforia con que los germanoorientales saludaban su presencia, se volvió a su ministro de exteriores, Hans Dietrich Genscher y le dijo: “La cosa está hecha”. La “cosa” era la unificación, la unión de las dos Alemanias. Estaba claro que era imparable. Los movimientos reformistas del este alemán, que aquel otoño histórico salieron a las calles de Leipzig y de Berlín, apenas deseaban la reforma del sistema, no podían soñar ni con la caída del muro ni con la unificación.
Pero fueron arrollados por la historia y apenas recibieron unos votos en las primeras y últimas elecciones democráticas de la RDA, el 18 de marzo de 1990, que, en realidad, fueron un plebiscito sobre la velocidad de la unificación, rápida, como proponía la democracia cristiana del canciller Kohl, la que triunfó, o la lenta del derrotado dirigente socialdemócrata Oskar Lafontaine.
Había que dar un primer paso antes de la unificación: la unión económica y monetaria de los dos sistemas, que en la práctica era la implantación del marco alemán y de la economía de mercado en el este. En abril de 1990, los expertos económicos y el Banco Central, Bundesbank, sostenían que el cambio lógico entre el marco del oeste y el del este era de uno a cuatro o cinco, dada la debilidad de la economía oriental, con una productividad cuatro veces menor que la del oeste.
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La industria del automóvil tiene gran peso en Europa del Este |
Pero esto representaba que los salarios y las pensiones de los orientales serían la cuarta parte de lo que recibían sus hermanos del oeste, lo que les hubiera dejado como ciudadanos de segunda clase. La política se impuso a la lógica económica, y el cambio se hizo uno a uno. Con ese cambio, la industria del este, totalmente obsoleta, se hundió por dos razones: no podía competir con la occidental y los ciudadanos del este se lanzaron a comprar los más atractivos productos occidentales.
El empleo se desmoronó en el este en unos meses. Veinte años después de la caída del muro sigue habiendo dos Alemanias en lo laboral. El paro en el este es del 14 por ciento, el doble que en el oeste, 7 por ciento. Exceptuando las zonas industriales de Dresde y Leipzig, la antigua RDA es tierra de emigrantes.
En la práctica, el proceso de modernización del este alemán fue mucho más rápido que el de los otros países del antiguo bloque soviético. Pero con un elevado costo, 1,4 billones de euros, a una media de 70.000 millones de euros por año. La ayuda occidental ha sumado el 65 por ciento del PIB del este. El famoso plan Marshall supuso para la antigua RFA apenas el dos por ciento de su PIB. Se ha conseguido la libertad, la democracia, pero el tejido industrial queda muy lejos de los “paisajes florecientes” que prometiera Helmut Kohl con la unificación.
Según una encuesta reciente, la mitad de los ciudadanos del este añoran la antigua RDA, aquel viejo estado represor y paternalista que ofrecía casas a los jóvenes, guarderías a las familias y un puesto de trabajo… aunque no lo hubiera. El año de la caída del muro nacieron en la RDA 200.000 niños. En cuatro años, la cifra bajó hasta los 80.000 anuales. Hoy, la natalidad es la mitad que hace 20 años. Los ciudadanos del este se sienten más inseguros con respecto al futuro. Los ossies, los del este, dicen todavía que los del oeste no les entienden, que no se preocupan por ellos. Y los wessis, los occidentales, si dicen algo es que estan hartos de pagar la unificación. Pero, en general, en los países del centro y este de Europa, los ciudadanos están confiados.
Tienen democracia y una mejor situación finaciera, a pesar de la crisis. Y como vivieron décadas de represión, de dictadura comunista, de miseria económica, están mucho mejor equipados que los occidentales para hacer frente a lo que venga.