Antonio Muñoz Molina
"Falta dinero para difundir los
tesoros de España en los EE.UU."

Nº12 noviembre 2006
Jose Luis Gómez

Además de organizar conciertos, exposiciones, congresos y proyecciones, Antonio Muñoz Molina hizo patria en Nueva York y marcó criterios que apuntaban a Madrid. Es un hombre sensato, sosegado y, sobre todo, claro.

¿Se le ha pegado algo de Wall Street?

Hombre, algo se te pega, quizá cierto hábito de trabajo... eso sí me gusta de Nueva York. Por ejemplo, ir a las cosas directamente, aprovechar el tiempo y quitarte esa costumbre tan española, tan pesada, de marear mucho la perdiz. Los americanos son muy prácticos, tienen mucha más experiencia que nosotros, y a mí eso me tranquiliza. Si vas a una reunión con alguien y pides algo, te van a decir que sí o que no con toda claridad. Cosas tan simples como eso te hacen la vida más cómoda, porque te la simplifican.

¿Cómo llegó a dirigir el Cervantes en Nueva York?

Fue todo muy casual. Fui a Nueva York porque me invitaron, a instancias sobre todo de Inocencio Arias, que estaba allí en ese momento de embajador ante Naciones Unidas. Hacía poco que Emilio Cassinello había dejado de ser cónsul general de España. Entonces me invitaron allí al Cervantes, a mi mujer y a mí, a dar una charla. Y en esa época estaba vacante la dirección, porque el director anterior había dimitido para presentarse a las elecciones o algo así. Un día estaba comiendo con Emilio Cassinello, que casualmente estaba también en Nueva York, y va y me dice "¿te gustaría a ti hacer esto?" Yo le dije que no me importaría, dado que estaba vacante y que era una cosa muy circunstancial. Entonces Emilio tomó nota, supongo, y al poco tiempo me lo ofrecieron. El Cervantes como institución es una idea que me parece muy buena, y yo ya había estado viviendo en Nueva York, de modo que en parte también era mi ciudad. Digamos que fue una mezcla de casualidades.

¿Puede competir el castellano con el inglés en Estados Unidos?

No se trata de competir, sino de que el español tiene la posibilidad de convertirse en una lengua nacional de Estados Unidos. Es la segunda lengua en Nueva York, con mucha diferencia respecto de cualquier otra, es la primera lengua en Florida. Y es una lengua que, poco a poco, va siendo una lengua de cultura en el país en general; de cultura, de comunicación y de vida práctica. Ahí hay varias incógnitas. Una de ellas es en qué medida el español va seguir el destino de otras lenguas que han llegado a América, lenguas muy potentes de inmigración, como el italiano, el yidish y el ruso, a las que le ocurrió lo siguiente: la primera generación, la generación inmigrante, la habla toda la vida porque se mueve en el ghetto, en el ambiente entre otros inmigrantes, y consigue el dominio, por lo menos defectuoso o muy acentuado de la lengua de llegada; la segunda generación, la generación de los hijos, es bilingüe, porque ha sido escolarizada, y la tercera generación tiende a ser monolingüe, a ser monolingüe en inglés. Es una cosa que ha ocurrido mucho también en las comunidades de España con otras lenguas.

¿Y hasta qué punto la lengua es un factor económico?

El volumen de inmigración del español es muy superior al que fue nunca el de la inmigración del italiano, del yidish o del ruso. Ahora mismo hay más de cuarenta y un millones de hablantes de español censados en EE UU. Por supuesto, el factor económico es fundamental y una de las razones por las que sobrevive es porque tiene valor económico. Las lenguas sirven para entenderse y la abundancia de gente de América Latina hace que el español sea una lengua mucho más práctica y mucho más útil de lo que podría ser el italiano o el yidish, muchísimo más. ¿Quién va a estudiar español? Pues va, sobre todo, gente que necesita trabajar en nuestro idioma, gente que trabaja en bufetes, en empresas, en hospitales... Por eso el Cervantes da cursos especiales, a medida. Porque, claro, en urgencias de un hospital tienes que hablar español y hay gente en el mundo de los negocios que tiene clientes muy importantes que hablan español.

¿Cómo está el spanglish?

Eso son tonterías que se han inventado algunos profesores, ante las que los periodistas, por alguna razón, se sienten muy atraídos.

Pero ya sabe que hay gente que dice que esto del español, del italiano... va a ser un poco la lengua del ocio en el mundo, mientras que el inglés será la lengua de los negocios...

Pues yo le puedo decir que conozco empresarios muy importantes y gente en bancos de inversión que tienen secciones en español, porque tienen que atender a clientes que hablan español y que son muy buenos clientes.

¿Qué se puede hacer por el catalán, el gallego y el euskera en Estados Unidos?

Lo que se puede hacer y lo que se hace es ofrecer cursos en buenas condiciones y ofrecer activida des culturales también relacionadas con esa pluralidad lingüística del país. Evidentemente, y eso es una cosa estrictamente estadística, el interés que hay por el español es infinitamente mayor que el que hay por las otras lenguas. Eso es así. Bien es verdad que también se hacen muchas actividades culturales en las que están presentes esas lenguas, sobre todo el catalán, porque los catalanes son los que más se mueven internacionalmente.

Ángel Otero Blanco ha destacado la recepción crítica y académica que usted está teniendo en EE UU. ¿Divisa, como hace él, el territorio de una emergente transatlántica literaria y académica?

Es difícil, porque la cultura americana anglófona, igual que la británica, tienen una tradición muy larga. Son culturas en las que la traducción tiene menos presencia de lo que tiene en Europa. Hay que enfrentarse al hecho de que en la cultura americana la traducción es mucho menos importante que en las culturas europeas. Y yo siempre pongo el mismo ejemplo. Entra en una librería española, francesa, alemana, italiana y compara con una librería británica o americana; verás que la presencia de libros traducidos es infinitamente mayor. Hay cifras sobre eso: en España, en Francia, en la Europa continental..., más del 40% de la literatura que se publica está traducida. En Estados Unidos no llega al 5%. Lo que poco a poco va habiendo es una recuperación de los lazos literarios entre España y América Latina. Eso lo interrumpió la Guerra Civil, sobre todo. Unamuno, Ortega..., toda esta gente publicaba regularmente en los periódicos de América, tenían una relación muy intensa con América. Eso se perdió y de algún modo se va reconstituyendo, pero la presencia cultural en Estados Unidos es difícil. Yo creo que se avanza, pero queda mucho por hacer.

Y usted, que se mueve por los territorios de la memoria y que se ha dedicado también a reflexionar sobre España, ¿qué piensa sobre esos debates que hablan de un país que se rompe?

A los españoles nos pasa una cosa muy paradójica. Estamos demasiado obsesionados con marcar las diferencias que hay entre nosotros cuenta de las similitudes que tenemos. Cuando estás fuera de España es cuando te das cuenta de que España es un país bastante uniforme. Aunque nosotros creamos que tenemos una variedad extraordinaria, formamos un país bastante uniforme técnicamente, culturalmente, alimentariamente... Dejando aparte que hay variedades que son evidentes, que además están perfectamente recogidas en el ordenamiento constitucional. Pero yo creo que la obsesión española por la diferencia interior tiene muy poco de real, porque en realidad somos bastante parecidos, y el que viene de fuera nos ve bastante parecidos.

Pero siempre está ahí el factor lingüístico...

No, el factor lingüístico no, porque, lingüísticamente, si la política no interviene, nos entendemos bastante bien. Yo creo que es por una especie de narcisismos colectivos que se alimentan. Yo, en Santiago de Compostela, en Bilbao, en Barcelona, con todos los respetos, me siento en mi país. Y esas diferencias a mí me enriquecen. Voy a poner otro ejemplo sobre las diferencias en la manera de hablar español a lo largo de América Latina y de España. Esas diferencias jamás dificultan la comunicación entre nosotros, entre los hablantes; al contrario, la enriquecen. Porque para nadie es un problema escuchar a un mexicano hablar. No tenemos ningún problema para comprenderlo. Habrá alguna palabra que, si no estás familiarizado, no te va a sonar. Aunque haya palabras y chistes extraordinarios que usan ciertas palabras clave que significan cosas espantosamente distintas según a qué país vayas.

El BNG propone que gallego no sea en ningún caso sinónimo de "tonto". ¿Qué opina como académico y, por tanto, destinatario de esa petición?

Que la Academia no manda en la lengua. La gente piensa que la Academia tiene capacidad de dictaminar y lo que la Academia puede hacer es señalar, la Academia recoge el uso establecido y procura influir a veces para que la continua transformación de la lengua esté dentro de lo que se llama el espíritu de la lengua, que es una cosa muy vaga. Básicamente, lo que a la Academia le importa es defender la unidad de la lengua, la unidad y la claridad de la lengua. Veamos un ejemplo, la palabra "nigger". En Estados Unidos es una palabra racista muy insultante. ¿Esa palabra hay que quitarla del diccionario? Esa palabra está en la realidad, está en la literatura. Incluso los negros entre sí se llaman "nigger". ¿Cree alguien que, quitando una palabra del diccionario, la está quitando de la realidad? Yo creo que, a veces, la gente con las palabras es como con los usos de las palabras machistas o cosas así. Yo no creo que quitar una acepción de una palabra del diccionario resuelva ningún problema. ¿Que, en Costa Rica, gallego tiene la acepción de tonto...? En la novela de Juan Marcé, por ejemplo, sale mucho el mundo de la emigración andaluza y murciana a Cataluña. En esas novelas "murciano" tiene a veces una connotación negativa, porque refleja reacciones despectivas hacia una determinada persona. ¿Nosotros vamos a borrar esa palabra? ¿Qué vamos a hacer, que alguien no pueda entender lo que pone ahí? Lo que tenemos que hacer es que en las relaciones sociales y en la vida no haya racismo y que no haya desprecio, pero no corregir el pasado.

Si después de los treinta se claudica hacia una decadencia más innoble que la vejez, como se decía en "Un invierno en Lisboa"; ¿qué sucede a partir de los cincuenta que acaba de cumplir?

No sé. Hay escritores que han empezado a escribir bien o mejor a partir de los cincuenta. Es como en la vida de las personas. Hay personas que a los cincuenta están estupendamente. Hay otras que a los cincuenta, por razones biográficas, por enfermedades, o por desgracias o por lo que sea, pues están peor. Yo no creo que se pueda generalizar sobre eso. Hay escritores que se han abandonado, muchas veces no por la edad, sino por otros factores. Hombre, cumplir años parece que te impresiona, pero yo no soy pesimista.

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) es uno de los valores más sólidos de la narrativa. Estudió Historia del Arte en la Universidad de Granada y Periodismo en la de Madrid, y en 1995 fue elegido académico de números de la Real Academia Española. Hasta finales de junio fue director del Instituto Cervantes en Nueva York, cargo que en que le relevó Eduardo Lago (Melilla, 1954).

Sus primeros escritos fueron artículos periodísticos que, en 1984, recogió en hay entre nosotros y no : su primer libro publicado, " El Robinsón urbano". En su primera novela. “ Beatus ille" (1986) ya aparece su ciudad imaginaria, Más, que se convertirá en un lugar común en sus obras, 'El invierno en Lisboa" (1987) mereció el Premio de la Crítica y el Nacional, de Narrativa, que volvió a recibir en 1992 por "El jinete polaco" (Premio Planeta, 1991).

Deudor del cine negro y de la novela policiaca, su obra se mueve en las territorios de la memoria ,y trata de reconstruir la reciente historia de España. “Beltenebros” (1989) es un claro ejemplo en el que se narra una acción de intriga y amor en el Madrid de la postguerra. Madrid es otro de sus temas recurres en sus novelas como "Los misterios de Madrid” (1992) o “El dueño del secreto" (1994). Ahora regresa con "El viento de la luna", que tiene la misión espacial del 69 como telón de fondo.
 
 
 
 
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