Michelle Bachelet
Tras el traspaso de poderes celebrado el pasado 11 de marzo, el embajador de Suecia y miembro del patronato de la Fundación Euroamérica, Peter Landelius, analiza la llegada de la primera mujer a la presidencia chilena.
Nº11 - mayo 2006

Cuando mi esposa y yo viajamos a Santiago en 1999 para asistir a la toma de posesión de Ricardo Lagos, el flamante presidente socialista todavía inspiraba dudas en el empresariado chileno. Aún tras dos presidencias demócrata-cristianas exitosas, -emanadas del mismo acuerdo de la Concertación que propició la candidatura de Lagos- el hombre del famoso dedo (el gesto acusatorio a Pinochet en la televisión de la dictadura) todavía simbolizaba un Chile desconocido y acaso amenazante para el tercio del pueblo que se identifica de derechas. Seis años más tarde, disfrutando en este hermoso país de mi retiro como embajador, constato que casi nadie desconfía de él. A pesar de un par de años iniciales de baja coyuntura, la presidencia de Lagos ha sido un éxito contundente. El presidente saliente es mundialmente reconocido como un hombre de estado incomparable.

Mario Vargas Llosa comentó las recientes elecciones chilenas diciendo que Chile es posiblemente el país más aburrido de América Latina —y que los demás países de la región debían envidiarlo por eso. Efectivamente, el proceso electoral chileno no fue muy dramático. Durante la primera vuelta presidencial, la gente se preguntaba si habría otra o no. La sorpresa, si cabe, fue el cambio en el interior de la oposición. Con la candidatura de Sebastián Piñera, la derecha chilena sin duda se movió hacia el centro, pero le falta todavía un trecho. Sin una opción nueva y dirigentes nuevos, le resultará difícil ganar una elección.

Desde 1989, la larga vuelta a la democracia sigue exitosa. El que pregunte por qué dura tanto, debe recordar que la dictadura pinochetista fue la más extensa del país en todo el siglo XX. Ahora que el gobierno de la Concertación comienza su cuarta etapa con la socialista Michelle Bachelet queda todavía algo que hacer en lo constitucional: reformar el sistema electoral para que la voluntad del pueblo en el día de la elección se refleje aún más fielmente en la composición del congreso.

La primera presidenta del país acaba de formar un gobierno con muchas nuevas caras, la mitad de ellas mujeres. Se ha comentado que su selección demuestra cierta independencia de las jerarquías de los partidos que conforman la Concertación. Quien tuvo el privilegio de representar a su país en la triunfante democracia española de los 80, con Felipe González en la Moncloa y los "barones" del PSOE en las autonomías, no ve este detalle necesariamente como una desventaja. La calidad profesional de los nuevos ministros chilenos inspira confianza más allá de los incondicionales de Michelle Bachelet y más allá de las fronteras del país. Ella les ha entregado una agenda impresionante y prometedora. Algunas tareas son las de todos los gobernantes, al menos en países democráticos, y no siempre envidiables: cómo asegurar oportunidades de trabajo a todos, cómo asegurar la salud pública, cómo garantizar una vejez digna...

Hay otros asuntos, más específicamente chilenos, que sin duda también serán tratados con ambición y seriedad. La llamada "deuda social" es grande en toda la región, y remediarla se hace urgente. Es cierto que la pobreza en Chile se ha reducido muy rápidamente y hoy en día es el país latinoamericano con menor proporción de pobres después del Uruguay. Sin embargo, en medio de tanto éxito en lo macroeconómico, las diferencias de ingreso crecen en vez de reducirse.

Por si fuera poco, esto no es solamente una simple cuestión de redistribución. Se trata sobre todo de abrir las vías de la educación a todo el pueblo. La educación es la llave del éxito en el mundo globalizado, y los gobernantes chilenos lo saben. Chile sigue siendo un exportador de materias primas, pese a una notable diferenciación de productos; si el país quiere seguir creciendo, necesita una mayor tasa de valor añadido. Esas cosas se consiguen sólo con educación y tecnología.

Otra área donde se espera mucho de la nueva administración es en la política internacional. En los últimos años, Chile ha sido aplaudido, con razón, por su sabia estrategia de libre cambio combinada con compromisos responsables en la órbita política mundial. Ahora se suman otros retos. En el año 2006, muchos países latinoamericanos habrán cambiado de gobernantes. La diplomacia chilena en relación con su región tendrá un peso considerable. De ella dependerá no sólo su propio bienestar sino también puede afectar las perspectivas de toda América Latina en una etapa delicada de su desarrollo y su posición en el mundo.

Un tema de inmediata importancia es la energía, de la cual América Latina tiene grandes recursos. Hay países con gas y petróleo que necesitan exportar, y otros con urgentes necesidades de importar energía. Lo que falta es un sistema económicamente eficiente y políticamente funcional. Es una situación con grandes posibilidades, si se la maneja con la delicadeza requerida. En una etapa recientemente caracterizada por un cierto reflujo de la integración regional (véase el relativo estancamiento de Mercosur), el tema de la energía podría resultar "energizante". Como toda integración latinoamericana, su interés para los países de la Unión Europea es indiscutible.

Al dar la bienvenida a la nueva presidenta, no nos despedimos de su admirable predecesor. Ahora se le espera cualquier día en España, presidiendo el Club de Madrid, y también en Washington, para guiar el diálogo interamericano. Otro hombre de estado chileno que dejó hace poco el gobierno es José Miguel Insulza, cuyo nuevo papel como secretario general de OEA augura bien para una organización que no siempre ha realizado su pleno potencial, y donde además en los últimos años, una presencia europea, discreta y constructiva, comienza a hacerse apreciar.

 
PETER LANDELIUS Embajador de Suecia. Patrono de la Fundación Euroamérica
 
 
 
 
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