Flora Peña:
Un recuerdo a toda su labor dentro y fuera de la Fundación
Nº7 - marzo 2004

Tristan Garel-Jones, Carlos Solchaga, Ángel Durández, Ramón Pérez-Maura y Emilio Cassinello recuerdan con sus cariñosas palabras a la impulsora de la Fundación Euroamérica, fallecida en noviembre de 2003.

FLORENTINA PEÑA, FLORA
Tristan Garel-Jones, presidente de la Fundación Euroamérica

Una mujer que hizo cosas importantes a nivel personal, a nivel profesional y a nivel social. Tres cualidades tenía que hicieron posible esta trayectoria: era una mujer valiente, una mujer inteligente y, sobre todo, una mujer con cualidades humanas fuera de lo corriente. Flora era una mujer dispuesta a acompañar a sus amigos hasta la última trinchera si hacía falta.

Quiero destacar estas tres cualidades:

Valentía: Flora era un gran ejemplo de una mujer que, tanto en la vida empresarial como en la personal se enfrentaba a las decisiones difíciles con coraje y decisión.

Inteligencia: Flora, a través de su empresa, Alceslis, y su vicepresidencia en la Fundación Euroamérica fue la animadora de una serie de conferencias, charlas y reuniones que creo que han contribuido de manera enormemente eficaz al entendimiento entre América Latina y la Unión Europea. Gestionar todo aquello desde el punto de vista de la logística, del manejo de personas y de los contactos con empresas y gobiernos exigía una inteligencia fuera de lo común.

Finalmente, sus cualidades humanas. Flora tenía perfectamente asumido su orden de prioridades. Primero, sus hijos. Segundo, sus amigos. Y tercero, sus obligaciones en la sociedad en la que vivía. Con todos cumplió lealmente hasta el final.

FLORA PEÑA, LA LUCHA PERMANENTE
Carlos Solchaga, vicepresidente primero de la Fundación Euroamérica

Cuando conocí yo a Flora Peña. En aquella ocasión luchando conmigo y con mis colaboradores para conseguir que participara como Ministro de Economía y Hacienda en la primera reunión sobre la situación política y económica de España que organizaba para The Economist allá por los principios de los años 90. Sabía cuánto se jugaba en el resultado de aquella operación, cuánto iba a depender el futuro de su empresa de que aquellas Jornadas se celebraran con éxito. Y, por supuesto, Flora Peña salió vencedora de aquella amigable lucha. Pero esta batalla no era la única a la que había de asistir, como pude ver luego, cuando, alejado de la política activa, me persuadió también para ser conferenciante y ponente en las muchas Jornadas y programas que llevaba a efecto con ayuda de su pequeña empresa. La vi luchar por sacar su empresa adelante, la vi luchar para captar nuevos e ilustres conferenciantes, de España y de otros países, la vi luchar para obtener nuevos clientes. Ningún combate hacía retroceder a Flora Peña. Al contrario, las dificultades parecían estimularla y hacerle sacar lo mejor de ella misma.

Esto ocurrió, por ejemplo, cuando con un grupo de amigos se puso en marcha para crear prácticamente de la nada la Fundación Euroamérica buscando patronos, financiadores, locales e infraestructura para desarrollar la idea de la cooperación intelectual entre España , la Unión Europea y la América Latina que tanto le atraía a Flora. A pesar de la generosidad, de los financiadores y miembros del patronato y de las cualidades personales de todos ellos así como de su generosa entrega creo que es justo decir que sin la capacidad luchadora de Flora Peña esta Fundación no hubiera llegado a desarrollarse tal como lo ha hecho hasta hoy.

Y luchando se despidió Flora de la vida. Cuando supo hace ya algún tiempo de su enfermedad - un cáncer particularmente agresivo- no se resignó ante el destino y luchó dos años contra la muerte, tratando hasta el final con éxito de compatibiliza r su tratamiento y las intervenciones quirúrgicas que acarreó con su trabajo permanente y manteniendo en todo momento una actitud positiva y esperanzadora respecto al desenlace. Su carácter de luchadora no le permitió nunca caer en la autocompasión. Tampoco permitió que sus amigos nos compadeciéramos de ella. Por supuesto, esta lucha contra la muerte no la ganó, como no la gana nadie. Pero en su lucha por la vida Flora Peña fue victoriosa hasta su último suspiro.

SIEMPRE FLORA
Ángel Durández, director general de la Fundación Euroamérica

Fue en los primeros años 90. Conocí yo a Flora a través de un amigo común, Javier Baviano, quien me la presentó como la persona que podría canalizar una gran parte de los problemas percibidos de comunicación e imagen de la firma en la que yo entonces era uno de los socios. Lo que empezó como una relación meramente profesional enseguida devino (no podía ser de otro modo tratándose de Flora) en amistad, entendimiento, contraste de opiniones y toda esa serie de aspectos que van configurando una relación de confianza.

Estar con Flora, charlar con ella, era sentirse "en sintonía'; por su capacidad para analizar la realidad y sus protagonistas, por su convicción a la hora de transmitir sus ideas, por su habilidad para las relaciones humanas y para ganarse confianza y el respeto de sus interlocutores. Una admirable cualidad de Flora: sabía percibir, quizá de manera intuitiva, quizá por una rápida capacidad de análisis, lo que su interlocutor esperaba escuchar, sin traicionar ella nunca sus propias convicciones (lo que constituye la esencia del auténtico diálogo).

Los años con ella en la Fundación fueron intensos. Su vicepresidencia era mucho más que un título. En la mayoría de los casos ella era la que proponía las acciones más imaginativas, la que movía los hilos para que los demás miembros de la Fundación actuásemos, la que conseguía lo inconseguible...

Presenciar cómo manejaba cada uno de los eventos que su empresa organizaba era un verdadero privilegio. Se convertía en un auténtico director de orquesta (no en vano Flora era una gran aficionada a la música sinfónica). Cada instrumento tenía su misión en el conjunto y éste debía ser un todo armónico tendente a lograr el resultado óptimo: qué secuencia debían seguir las intervenciones, con qué agilidad e imaginación había que cubrir las sustituciones, cómo se confeccionaban las mesas del almuerzo, cómo se atendía a los invitados para que todos se sintieran como en casa (esa habilidad para que quienes hablasen con ella en cualquier momento se sintiesen como las personas que más le importaban, y, además, de corazón)... Gran amiga de sus amigos, siempre encontraba la fórmula para ayudar a quien precisaba que le echaran una mano, le la dieran un consejo o le ofrecieran un apoyo.

Era, qué duda cabe, una auténtica luchadora, de las de raza, aspecto que siempre se manifestó en tantas situaciones de su vida y de su enfermedad. Su enfermedad..., con qué dignidad la llevó, como logró convencernos a todos de que estaba segura de vencerla, cómo seguía entregándose a la lucha diaria en todas sus actividades y aparentaba no dar importancia alguna al mal que la estaba devorando.

Puede parecer un tópico pero es absolutamente veraz y contrastable que su pérdida deja un inmenso hueco tanto en el ámbito interno de sus empresas como en el ánimo de sus colaboradores, de su entorno familiar y de sus amigos.

Nunca te olvidaremos, querida Flora.


FLORA Y NUEVA YORK
Emilio Cassinello, patrono de la Fundación Euroamérica

Me temo que lo que yo pueda decir de Flora Peña -aún tan cerca su desaparición- necesariamente tiene que ser anécdota y dolorosa memoria personal, por el simple pero poderoso motivo de que la he visto, la he abrazado, durante sus tres últimos años de Nueva York. Las líneas a continuación recogen - más o menos- lo que dije para acompañar su última despedida. Todos somos inevitablemente diferentes en circunstancias y escenarios distintos. He conocido tres Floras Peña. La Flora de 1977 -en el México de hace casi 30 años- era una joven y novata ama de casa, ya excelente y espléndida organizadora desde su acogedora casa mexicana, y que en mil detalles avisaba que se tomaba muy en serio ser persona por sí misma, sin encomendárselo a nadie. De su siguiente etapa madrileña nace su imagen de mujer valiente, decidida y terminante, empresaria por derecho propio que no consideraba imprescindible amortiguar o limar las aristas de los argumentos que sabía razonables. Y, en su temprana madurez -tan pronto concluida- mi mujer Regina y yo hemos conocido muy de cerca a la Flora de Nueva York. En sus viajes regulares al Memorial, durante tres años, hemos compartido una proximidad desusada, una intimidad inesperada en la que el dramatismo de su condición estaba rebajado por la ordinaria convivencia doméstica de desayunos en bata o tés vespertinos con merengues caseros. Hemos sido testigos inquietos de sus continuos viajes al hospital, acompañada por su fidelísima hermana Luisa o de sus hijos, y la hemos visto volver a casa una veces con la sonrisa impaciente y pronta de las buenas noticias, otras con la determinación sombría de tener que continuar el combate. Se enfrentó. con un temple férreo y una tenacidad y entereza singular a los médicos y a la enfermedad: Flora fue la paciente más articulada y lúcida del sistema hospitalario neoyorquino y sin duda la más inteligente y contestataria; en ningún momento abdicó de su calidad de ciudadana educada y culta. Y, con una fuerza de voluntad elegante y ecuánime -apartando mentalmente su perturbadora circunstancia- ni por un instante renunció a sacar partido del tiempo y de la vida, que en estas ocasiones es una forma de sabiduría especialmente complicada. Nunca dejó Flora de ser una compañía estimulante y sugestiva, con ese sentido enérgico y casi atlético de disfrutar de sus aficiones, viajes, lecturas, trabajos. No abandonó nunca el entusiasmo calmo que ponía en todo, en los paseos por Central Park o en visitar el Nueva York culto, repasar los museos o encontrar entradas para la ópera o los conciertos del Lincoln Center o del Carnegie, o insistir en descubrir nuevos restaurantes en Manhattan. Tuvo pocos momentos de desanimo, muchos de esperanza razonada. Por dos veces la ciencia se equivocó en el pronóstico optimista; pero sostengo que ella nunca se engañó del todo: simplemente lo aparentó para aliviar el trance a los demás. Si fue una mujer fuerte y dura, fue la más comprensiva, amable, cariñosa y afectuosa de las mujeres duras y fuertes. Fue una vitalista invulnerable, y no conozco a nadie que haya celebrado con tanto entusiasmo, vigor y alegría el paso de los años. Sus cumpleaños -quizás con un oculto sentido premonitorio- siempre fueron sonados, en el sentido literal y figurado de la palabra. Tenemos una deuda ya impagable con la Flora impenitentemente generosa, pues es ya imposible equilibrar el saldo emocional a su favor. En ese sentido todos sus amigos somos también sus deudos. Tomar conciencia de que nos va a faltar, pesa en el ánimo. No ha sido fácil, no es fácil, decirle adiós y encontrar consuelo. Si acaso, el único alivio pueda estar en la posibilidad de compartir el tesoro compacto de su memoria con aquellos que la conocimos y la quisimos.

FLORA PEÑA, EMPRENDEDORA
Ramón Pérez-Maura. Necrológica aparecida en el diario ABC.

La muerte de Flora Peña (Santander, 1945) deja un vacío en el corazón de muchos, en Europa y en América. Flora fue el ejemplo de lo que en las escuelas de negocios se denomina un "emprendedor': Alguien que es capaz de promover una empresa a partir de una idea propia. Las empresas de Flora fueron culturales y se extendieron, con enorme éxito, a ambos lados del Atlántico. Después de trabajar en Prisa fundó en 1991 Alcestis, una empresa de comunicación a partir de la cual creó una red de debate y agitación cultural que puso al servicio de grandes grupos de comunicación y empresas multinacionales. Su éxito en España lo extendió a toda Europa en 1995 con Comunicación Integral Europea y sobre la base de estas empresas creó en 1999 la Fundación Euroamérica presidida por Lord Garel-Jones, con Carlos Solchaga y ella misma como vicepresidentes. Cada dos o tres meses, quienes colaborábamos con Flora recibíamos su llamada pidiendo nuestra participación en alguna conferencia -de Casablanca a México, de Göttingen a Sao Paulo- hasta que hace tres años llamó para anunciar, pausadamente, que el cáncer había aparecido. Con su pragmatismo tintado de humor, se apresuró a decirme que el oncólogo que la diagnosticó le confesó que el suyo era sólo el segundo caso que veía de ese tipo, momento en el que tomó el primer vuelo disponible hacía un hospital neoyorquino

Vivimos la evolución del cáncer en paralelo y siempre supo la espada que pendía sobre ella. Reconocía públicamente -como tantos otros enfermos de cáncer y sus familiares- que su vida había dado un giro a mejor el día que el tratamiento que recibía en Estados Unidos se vio complementado en Madrid por el doctor Javier Hornedo.

Hace dos semanas me llamó para apremiarme en la puesta en marcha de la III Conferencia Internacional de ABC para abril de 2004. Su voz era ya tan débil... Pero su espíritu será perdurable.



Flora Peña

 
Tristan Garel-Jones

 
Carlos Solchaga

 
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