FLORENTINA PEÑA,
FLORA
Tristan
Garel-Jones, presidente de la Fundación Euroamérica
Una mujer que hizo cosas importantes a nivel personal, a
nivel profesional y a nivel social. Tres cualidades tenía
que hicieron posible esta trayectoria: era una mujer valiente,
una mujer inteligente y, sobre todo, una mujer con cualidades
humanas fuera de lo corriente. Flora era una mujer dispuesta
a acompañar a sus amigos hasta la última trinchera si hacía
falta.
Quiero destacar estas tres cualidades:
Valentía: Flora era un gran ejemplo de una mujer
que, tanto en la vida empresarial como en la personal se
enfrentaba a las decisiones difíciles con coraje y decisión.
Inteligencia: Flora, a través de su empresa, Alceslis,
y su vicepresidencia en la Fundación Euroamérica fue la
animadora de una serie de conferencias, charlas y reuniones
que creo que han contribuido de manera enormemente eficaz
al entendimiento entre América Latina y la Unión Europea.
Gestionar todo aquello desde el punto de vista de la logística,
del manejo de personas y de los contactos con empresas y
gobiernos exigía una inteligencia fuera de lo común.
Finalmente, sus
cualidades humanas. Flora tenía perfectamente
asumido su orden de prioridades. Primero, sus hijos. Segundo,
sus amigos. Y tercero, sus obligaciones en la sociedad en
la que vivía. Con todos cumplió lealmente hasta el final.
FLORA PEÑA,
LA LUCHA PERMANENTE
Carlos
Solchaga, vicepresidente primero de la Fundación Euroamérica
Cuando conocí yo a Flora Peña. En aquella ocasión luchando
conmigo y con mis colaboradores para conseguir que participara
como Ministro de Economía y Hacienda en la primera reunión
sobre la situación política y económica de España que organizaba
para The Economist allá por los principios de los años 90.
Sabía cuánto se jugaba en el resultado de aquella operación,
cuánto iba a depender el futuro de su empresa de que aquellas
Jornadas se celebraran con éxito. Y, por supuesto, Flora
Peña salió vencedora de aquella amigable lucha. Pero esta
batalla no era la única a la que había de asistir, como
pude ver luego, cuando, alejado de la política activa, me
persuadió también para ser conferenciante y ponente en las
muchas Jornadas y programas que llevaba a efecto con ayuda
de su pequeña empresa. La vi luchar por sacar su empresa
adelante, la vi luchar para captar nuevos e ilustres conferenciantes,
de España y de otros países, la vi luchar para obtener nuevos
clientes. Ningún combate hacía retroceder a Flora Peña.
Al contrario, las dificultades parecían estimularla y hacerle
sacar lo mejor de ella misma.
Esto ocurrió, por ejemplo, cuando con un grupo de amigos
se puso en marcha para crear prácticamente de la nada la
Fundación Euroamérica buscando patronos, financiadores,
locales e infraestructura para desarrollar la idea de la
cooperación intelectual entre España , la Unión Europea
y la América Latina que tanto le atraía a Flora. A pesar
de la generosidad, de los financiadores y miembros del patronato
y de las cualidades personales de todos ellos así como de
su generosa entrega creo que es justo decir que sin la capacidad
luchadora de Flora Peña esta Fundación no hubiera llegado
a desarrollarse tal como lo ha hecho hasta hoy.
Y luchando se despidió Flora de la vida. Cuando supo hace
ya algún tiempo de su enfermedad - un cáncer particularmente
agresivo- no se resignó ante el destino y luchó dos años
contra la muerte, tratando hasta el final con éxito de compatibiliza
r su tratamiento y las intervenciones quirúrgicas que acarreó
con su trabajo permanente y manteniendo en todo momento
una actitud positiva y esperanzadora respecto al desenlace.
Su carácter de luchadora no le permitió nunca caer en la
autocompasión. Tampoco permitió que sus amigos nos compadeciéramos
de ella. Por supuesto, esta lucha contra la muerte no la
ganó, como no la gana nadie. Pero en su lucha por la vida
Flora Peña fue victoriosa hasta su último suspiro.
SIEMPRE FLORA
Ángel Durández,
director general de la Fundación Euroamérica
Fue en los primeros años 90. Conocí yo a Flora a través
de un amigo común, Javier Baviano, quien me la presentó
como la persona que podría canalizar una gran parte de los
problemas percibidos de comunicación e imagen de la firma
en la que yo entonces era uno de los socios. Lo que empezó
como una relación meramente profesional enseguida devino
(no podía ser de otro modo tratándose de Flora) en amistad,
entendimiento, contraste de opiniones y toda esa serie de
aspectos que van configurando una relación de confianza.
Estar con Flora, charlar con ella, era sentirse "en sintonía';
por su capacidad para analizar la realidad y sus protagonistas,
por su convicción a la hora de transmitir sus ideas, por
su habilidad para las relaciones humanas y para ganarse
confianza y el respeto de sus interlocutores. Una admirable
cualidad de Flora: sabía percibir, quizá de manera intuitiva,
quizá por una rápida capacidad de análisis, lo que su interlocutor
esperaba escuchar, sin traicionar ella nunca sus propias
convicciones (lo que constituye la esencia del auténtico
diálogo).
Los años con ella en la Fundación fueron intensos. Su vicepresidencia
era mucho más que un título. En la mayoría de los casos
ella era la que proponía las acciones más imaginativas,
la que movía los hilos para que los demás miembros de la
Fundación actuásemos, la que conseguía lo inconseguible...
Presenciar cómo manejaba cada uno de los eventos que su
empresa organizaba era un verdadero privilegio. Se convertía
en un auténtico director de orquesta (no en vano Flora era
una gran aficionada a la música sinfónica). Cada instrumento
tenía su misión en el conjunto y éste debía ser un todo
armónico tendente a lograr el resultado óptimo: qué secuencia
debían seguir las intervenciones, con qué agilidad e imaginación
había que cubrir las sustituciones, cómo se confeccionaban
las mesas del almuerzo, cómo se atendía a los invitados
para que todos se sintieran como en casa (esa habilidad
para que quienes hablasen con ella en cualquier momento
se sintiesen como las personas que más le importaban, y,
además, de corazón)... Gran amiga de sus amigos, siempre
encontraba la fórmula para ayudar a quien precisaba que
le echaran una mano, le la dieran un consejo o le ofrecieran
un apoyo.
Era, qué duda cabe, una auténtica luchadora, de las de raza,
aspecto que siempre se manifestó en tantas situaciones de
su vida y de su enfermedad. Su enfermedad..., con qué dignidad
la llevó, como logró convencernos a todos de que estaba
segura de vencerla, cómo seguía entregándose a la lucha
diaria en todas sus actividades y aparentaba no dar importancia
alguna al mal que la estaba devorando.
Puede parecer un tópico pero es absolutamente veraz y contrastable
que su pérdida deja un inmenso hueco tanto en el ámbito
interno de sus empresas como en el ánimo de sus colaboradores,
de su entorno familiar y de sus amigos.
Nunca te olvidaremos, querida Flora.
FLORA Y NUEVA
YORK
Emilio
Cassinello, patrono de la Fundación Euroamérica
Me temo que lo que yo pueda decir de Flora Peña -aún tan
cerca su desaparición- necesariamente tiene que ser anécdota
y dolorosa memoria personal, por el simple pero poderoso
motivo de que la he visto, la he abrazado, durante sus tres
últimos años de Nueva York. Las líneas a continuación recogen
- más o menos- lo que dije para acompañar su última despedida.
Todos somos inevitablemente diferentes en circunstancias
y escenarios distintos. He conocido tres Floras Peña. La
Flora de 1977 -en el México de hace casi 30 años- era una
joven y novata ama de casa, ya excelente y espléndida organizadora
desde su acogedora casa mexicana, y que en mil detalles
avisaba que se tomaba muy en serio ser persona por sí misma,
sin encomendárselo a nadie. De su siguiente etapa madrileña
nace su imagen de mujer valiente, decidida y terminante,
empresaria por derecho propio que no consideraba imprescindible
amortiguar o limar las aristas de los argumentos que sabía
razonables. Y, en su temprana madurez -tan pronto concluida-
mi mujer Regina y yo hemos conocido muy de cerca a la Flora
de Nueva York. En sus viajes regulares al Memorial, durante
tres años, hemos compartido una proximidad desusada, una
intimidad inesperada en la que el dramatismo de su condición
estaba rebajado por la ordinaria convivencia doméstica de
desayunos en bata o tés vespertinos con merengues caseros.
Hemos sido testigos inquietos de sus continuos viajes al
hospital, acompañada por su fidelísima hermana Luisa o de
sus hijos, y la hemos visto volver a casa una veces con
la sonrisa impaciente y pronta de las buenas noticias, otras
con la determinación sombría de tener que continuar el combate.
Se enfrentó. con un temple férreo y una tenacidad y entereza
singular a los médicos y a la enfermedad: Flora fue la paciente
más articulada y lúcida del sistema hospitalario neoyorquino
y sin duda la más inteligente y contestataria; en ningún
momento abdicó de su calidad de ciudadana educada y culta.
Y, con una fuerza de voluntad elegante y ecuánime -apartando
mentalmente su perturbadora circunstancia- ni por un instante
renunció a sacar partido del tiempo y de la vida, que en
estas ocasiones es una forma de sabiduría especialmente
complicada. Nunca dejó Flora de ser una compañía estimulante
y sugestiva, con ese sentido enérgico y casi atlético de
disfrutar de sus aficiones, viajes, lecturas, trabajos.
No abandonó nunca el entusiasmo calmo que ponía en todo,
en los paseos por Central Park o en visitar el Nueva York
culto, repasar los museos o encontrar entradas para la ópera
o los conciertos del Lincoln Center o del Carnegie, o insistir
en descubrir nuevos restaurantes en Manhattan. Tuvo pocos
momentos de desanimo, muchos de esperanza razonada. Por
dos veces la ciencia se equivocó en el pronóstico optimista;
pero sostengo que ella nunca se engañó del todo: simplemente
lo aparentó para aliviar el trance a los demás. Si fue una
mujer fuerte y dura, fue la más comprensiva, amable, cariñosa
y afectuosa de las mujeres duras y fuertes. Fue una vitalista
invulnerable, y no conozco a nadie que haya celebrado con
tanto entusiasmo, vigor y alegría el paso de los años. Sus
cumpleaños -quizás con un oculto sentido premonitorio- siempre
fueron sonados, en el sentido literal y figurado de la palabra.
Tenemos una deuda ya impagable con la Flora impenitentemente
generosa, pues es ya imposible equilibrar el saldo emocional
a su favor. En ese sentido todos sus amigos somos también
sus deudos. Tomar conciencia de que nos va a faltar, pesa
en el ánimo. No ha sido fácil, no es fácil, decirle adiós
y encontrar consuelo. Si acaso, el único alivio pueda estar
en la posibilidad de compartir el tesoro compacto de su
memoria con aquellos que la conocimos y la quisimos.
FLORA PEÑA,
EMPRENDEDORA
Ramón Pérez-Maura.
Necrológica aparecida en el diario ABC.
La muerte de Flora Peña (Santander, 1945) deja un vacío
en el corazón de muchos, en Europa y en América. Flora fue
el ejemplo de lo que en las escuelas de negocios se denomina
un "emprendedor': Alguien que es capaz de promover una empresa
a partir de una idea propia. Las empresas de Flora fueron
culturales y se extendieron, con enorme éxito, a ambos lados
del Atlántico. Después de trabajar en Prisa fundó en 1991
Alcestis, una empresa de comunicación a partir de la cual
creó una red de debate y agitación cultural que puso al
servicio de grandes grupos de comunicación y empresas multinacionales.
Su éxito en España lo extendió a toda Europa en 1995 con
Comunicación Integral Europea y sobre la base de estas empresas
creó en 1999 la Fundación Euroamérica presidida por Lord
Garel-Jones, con Carlos Solchaga y ella misma como vicepresidentes.
Cada dos o tres meses, quienes colaborábamos con Flora recibíamos
su llamada pidiendo nuestra participación en alguna conferencia
-de Casablanca a México, de Göttingen a Sao Paulo- hasta
que hace tres años llamó para anunciar, pausadamente, que
el cáncer había aparecido. Con su pragmatismo tintado de
humor, se apresuró a decirme que el oncólogo que la diagnosticó
le confesó que el suyo era sólo el segundo caso que veía
de ese tipo, momento en el que tomó el primer vuelo disponible
hacía un hospital neoyorquino
Vivimos la evolución del cáncer en paralelo y siempre supo
la espada que pendía sobre ella. Reconocía públicamente
-como tantos otros enfermos de cáncer y sus familiares-
que su vida había dado un giro a mejor el día que el tratamiento
que recibía en Estados Unidos se vio complementado en Madrid
por el doctor Javier Hornedo.
Hace dos semanas me llamó para apremiarme en la puesta en
marcha de la III Conferencia Internacional de ABC para abril
de 2004. Su voz era ya tan débil... Pero su espíritu será
perdurable.