Para responder a la pregunta de cuál es
el papel que juega la creación de una moneda única en un
proceso de integración regional se puede tomar como un buen
ejemplo el desarrollo de los últimos cincuenta años en Europa.
Las etapas de la integración europea van desde la fundación
de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (1951), pasando
por la firma del Tratado de Roma (1957), la realización
de la Unión Arancelaria (1968) y el comienzo del Sistema
Monetario Europeo (1979) hasta llegar al Acta única Europea
(1985), que allanó el camino para la creación de un mercado
interior europeo común. Con el acuerdo sobre la Unión Económica
y Monetaria celebrado en Maastricht en el año 1991 en el
seno del Consejo Europeo y el comienzo real de la unión
monetaria en 1999, este proceso alcanzó un nuevo punto culminante
poco antes del salto al nuevo milenio.
Se plantea ahora la cuestión de principio de si, con la
renuncia a las soberanías monetarias nacionales y la introducción
del Euro, se ha llegado al punto final o si sólo se ha alcanzado
otra etapa intermedia en el proceso de integración. Pero,
desde el punto de vista del banco emisor, habría que especular
menos sobre si una armonización completa de la política
financiera seguirá a la política monetaria comunitaria,
y cuando ocurrirá esto, y prestar más atención a la pregunta
de si, realmente, se debería llegar a una política financiera
común.
Por supuesto que, al buscar la respuesta "correcta" de la
política financiera a la moneda común, no se opera en la
oscuridad normativa. Según el principio de subsidiariedad
establecido en el Tratado de Maastricht, la Comunidad (con
excepción de los sectores que son de su competencia exclusiva)
sólo entrará en acción cuando los estados miembros no puedan
lograr de forma satisfactoria los objetivos previstos con
las medidas tomadas por ellos y sí puedan alcanzarse con
decisiones a nivel comunitario (Artículo 5 del Tratado de
la CE). Aunque el principio de subsidiariedad deja un amplio
margen para la interpretación, marca una pauta orientadora,
al depositar la carga de la prueba sobre los hombros de
aquellos que, además de una política monetaria comunitaria,
están exigiendo también responsabilidades de política fiscal
a escala supranacional.
En este contexto se debería mencionar al intelectual francés
Alexis de Tocqueville que, en el año 1835, escribió lo siguiente
en su famoso libro sobre la joven democracia americana:
"En las naciones fuertemente centralizadas, el legislador
está obligado a imprimir a las leyes un carácter uniforme
que no siempre se amolda a las comunidades y al territorio,
ya que no tiene en cuenta situaciones especiales porque
sólo atiende a principios generales; la gente se ve obligada
a aceptar las exigencias de las leyes aunque la legislación
no se adapte a las necesidades de la gente y de la comunidad,
lo que causa graves problemas y sufrimientos" La idea de
que las preferencias de los ciudadanos se pueden atender
mejor dentro de un ordenamiento estatal descentralizado
no es de ninguna manera nueva. Sin embargo, se han puesto
límites a un diseño político descentralizado. Una política
autónoma, descentralizada, generalmente no deja de tener
"efectos externos". Se llega a efectos externos o "spillovers"
que sobrepasan las fronteras y, en determinadas circunstancias
pueden perjudicar a los intereses de otros estados. En otras
palabras: la política financiera autónoma tiene sus límites
allí donde causa una influencia negativa en las finanzas
de otros estados miembros. Justamente, después de las experiencias
de la cumbre de Niza, el significado de la Unión Monetaria
Europea para la integración de Europa vuelve a ser especialmente
claro. La unión monetaria es, hasta ahora, el mayor éxito
de la idea de una Europa unida. La política monetaria es
el único sector en el que, realmente, se decide a escala
europea. La política monetaria europea contribuye a la integración
de la Comunidad Europea. La Cumbre puso de manifiesto la
lucha de los gobiernos por lograr una reforma de la UE.
Ésta es necesaria porque la ampliación que se avecina exige
estructuras de decisión más rápidas y más democráticas.
En la cumbre de Niza se dieron pasos en esta dirección que
repercutirán positivamente en la UE actual y reforzarán
la comprensión comunitaria.
El nuevo marco político monetario del espacio europeo modifica
la economía y muy especialmente los mercados de dinero y
de capital. El Euro ha actuado como catalizador en el desarrollo
y la integración de los mercados financieros en la zona
de la moneda única.
Entre las transformaciones más importantes producidas por
el Euro en los mercados financieros cuenta, especialmente,
el rápido crecimiento mancomunado de los mercados de dinero
nacionales dentro del espacio europeo. Los grandes bancos
actúan a escala europea y aceleran, sobre todo, la integración
de los mercados de dinero.
En comparación con otros sectores políticos, la integración
de la política monetaria en Europa es la que más ha progresado.
Pero nuevos retos aparecen en el calendario inmediato. La
reforma de las instituciones europeas y de la ampliación
de la Unión Europea con países de Europa Central y del Este
son tareas de gran importancia para los próximos años. Ambos
proyectos -y por cierto, en ese orden exigen los más grandes
esfuerzos. Con ello, resurge de nuevo la pregunta de cómo
llegará a ser la definitiva Europa unificada.
Las experiencias europeas del último medio siglo han demostrado
que una moneda unitaria no es ni el camino ni el objetivo
de los esfuerzos regionales de integración. La moneda unitaria
parece ser, más bien, una herramienta y una condición necesaria
dentro del proceso de integración.