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Carlos Solchaga: exministro de Economía
y Hacienda, España y vicepresidente de la Fundación Euroamérica
El Euro: ¿motor o consecuencia de
la integración?
La pregunta sobre si el Euro constituye hoy un motor de
integración dentro de la Unión Europea o es más bien la
consecuencia del proceso mismo de integración vivido en
el pasado tiene enormes similitudes con el dilema de la
precedencia entre el huevo y la gallina. Cabe poca duda
de que el Euro apareció mucho tiempo después de que se iniciara
el proceso de integración económica de Europa desatado por
la firma del Tratado de Roma y que en este sentido es, cronológicamente
hablando, una consecuencia de aquél. Pero tampoco ofrece
dudas el papel que hoy juega el Euro en la aceleración de
la integración europea no sólo de los mercados financieros
y de capitales o por el hecho de implicar un solo tipo de
cambio y una sola política monetaria para doce países, sino
también, en la profundización de la transparencia en los
mercados reales de esos países, la reducción de los costes
de información y de transacciones, la eliminación del riesgo
de cambio en las operaciones transfronterizas dentro de
la región y el aumento de la competencia a todo lo ancho
de dichos mercados.
Lo cierto es que la cronología de la experiencia europea
nada nos dice sobre la lógica conexión entre integración
real e integración monetaria. Cuál debe preceder a la otra
o cuál implica por necesidad a la otra. Ambas se retroalimentan
y el orden de su desarrollo viene implicado antes por las
circunstancias históricas en las que tienen lugar los diversos
procesos de integración económica (y quizás política) que
por la necesidad lógica. La historia también nos depara
precedentes para todo los gustos: uniones monetarias poco
exigentes sin acuerdos comerciales y aduaneros, como la
Unión Monetaria Latina del siglo XIX, o las áreas de cambio
más modernas junto a procesos de integración comercial y
aduanera en diversos grados, sin referencias a una moneda
única, como la C.E.E. originaria, EFTA y otros procesos
de integración regional del siglo XX tanto en Europa como
en Asia o en América Latina.
El problema hoy se plantea no como una curiosidad académica,
sino precisamente porque en las circunstancias históricas
que viven procesos de integración regional como el TLC de
América del Norte o el proyecto Mercosur sienten que la
ausencia de una única moneda puede ser en estos momentos
una dificultad adicional para el éxito del proyecto emprendido.
La cuestión se plantea también en un contexto en el que
las propuestas de dolarización o, en general, de adopción
de una divisa fuerte como moneda nacional están a la orden
del día.
Pensando con la Historia -como le gusta decir a Carl E.
Schorske- no es difícil comprender por qué en 1957, en el
momento de la creación de la Comunidad Económica Europea,
ni siquiera se consideró una posibilidad viable utilizar
la moneda y la política monetaria única como una herramienta
de integración. En primer lugar, porque la soberanía monetaria
ha sido desde siempre uno de los pilares de los viejos estados-nación
de Europa y hubiera sido un error histórico empezar un proceso
de integración económica cuyo objetivo político era la eliminación
a plazo de la confrontación histórica entre los países Europeos-
y de manera fundamental entre Francia y Alemania-, exigiendo
importantes cesiones de soberanía nacional cuando sólo lentamente
se había de construir la Unión Aduanera y se desarrollaría
con toda parsimonia la Política Agrícola y Comercial Comunes,
cuyo impacto sobre las soberanías nacionales era mucho más
modesto.
Pero, en segundo lugar, porque tal pretensión tenía muy
poco sentido en el orden internacional en el que se construyó
la Comunidad Económica Europea. El papel de la moneda única
en el proceso de integración no es tan sólo el que hemos
definido enfatizando las consecuencias positivas derivadas
de la misma unas líneas más arriba. Es, sobre todo, hacer
prevalecer las reglas de la competencia en la asignación
de recursos impidiendo que éstas sean desvirtuadas por decisiones
políticas sobre la fijación del tipo de cambio (en otras
palabras, devaluaciones competitivas). En los cincuenta,
como es bien conocido, estaban en pleno vigor los acuerdos
de Bretton/Woods y nada parecía amenazar seriamente su supervivencia
a pesar de las discusiones sobre la escasez o abundancia
de dólares y la situación asimétrica de la moneda americana
respecto de cualquier otra, dadas las características del
Sistema Monetario Internacional a que aquellos acuerdos
habían dado lugar. Por otro lado, subsistían los controles
de cambio y la balanza de capitales no estaba liberalizada
en ninguno de los seis países fundadores de la C.E.E. De
este modo, en un ambiente de estabilidad cambiaría y en
ausencia de libertad total de movimientos de capitales la
volatilidad de los tipos de cambio era prácticamente cero
y las decisiones políticas de modificación de los tipos
de cambio eran infrecuentes y no venían sino a reconocer
los desajustes de balanza de pagos que la mayor inflación
-acompañada o no de mayor crecimiento- había producido en
algunos países restaurando un tipo de cambio real competitivo.
En este panorama sin apenas incidencias, el incremento de
la productividad en Alemania se tradujo en una reevaluación
continuada del marco alemán en tanto que la mayor inestabilidad
económica y política de Francia -a finales de los cincuenta-
y de Italia -ya en los sesenta- en una devaluación de las
monedas correspondientes acomodándose según su conveniencia
las monedas del Benelux. No hubo pánicos bancarios ni cambiarios,
no hubo recelos ni reproches: todo parecía funcionar bien
en el mejor de los mundos posibles. A pesar de su rigidez
teórica, un mundo de tipos de cambio fijos aunque revisables
dentro de la ortodoxia del Fondo Monetario Internacional
era perfectamente útil para resolver las situaciones de
desequilibrio y no constituía ningún problema para el progreso
de la integración económica en Europa.
Las cosas, como es sabido, cambiaron significativamente
en los años setenta. Para entonces se habían eliminado la
mayoría de los controles de cambio, se había extendido la
convertibilidad y habían caído muchas de las restricciones
a los movimientos de capital en los países europeos. Pero
además había desaparecido en el camino el sistema basado
en los acuerdos de Bretton-Woods y los cambios habían dejado
de ser fijos. En estas circunstancias mucho más inciertas
tan sólo hacia falta un acontecimiento grave de alcance
internacional para que se pusiera de manifiesto la volatilidad
de los cambios y sus efectos perversos sobre los procesos
de integración económica. Podía haber sido una guerra o
una crisis financiera grave en los Estados Unidos lo que
hubiera desatado la inestabilidad. Y en algún sentido, fue
precisamente una guerra (la de Yom-Kippur en 1973) la que
puso en marcha las sucesivas crisis del petróleo que vinieron
a terminar con este panorama de estabilidad cambiaría en
el seno de la C.E.E. ya constituida entonces por nueve países
con la adhesión del Reino Unido, Irlanda y Dinamarca.
El deseo de contrarrestar a nivel nacional los dramáticos
efectos indeseados de la crisis del petróleo -aunque fuera
a costa de minar el proceso de integración Europeo y de
extender el "Euroesceptisismo"- al grito de sálvese quien
pueda y el hecho de que las consecuencias de dicha crisis
fueran asimétricas dentro de los países de la C.E.E. puso
en marcha un proceso de inestabilidad cambiaria acompañado
de una atmósfera de recelo entre los países miembros y de
pasos atrás en la realidad -que no en la vigencia de los
objetivos- de integración económica.
Lo que siguió es bien conocido. La reacción europeísta fue
poner en marcha un acuerdo cambiario- la "serpiente Europea"
con el fin de impedir que los shocks externos afectaran
de forma asimétrica a los distintos países miembros. Bien
pronto se vio, sin embargo, que el proyecto estaba destinado
al fracaso si, por otra parte, las políticas económicas
de los distintos países no convergían y no existían mecanismos
suficientes de coordinación de las mismas. Tras el fallo
de la "serpiente monetaria" y bajo la égida de acabar con
la inflación antes de promover cualquier intento de relanzar
el crecimiento que se impuso como nueva ortodoxia en la
política económica de los países de la C.E.E., se creó el
mecanismo mucho más adaptado a las nuevas necesidades conocido
como el Sistema Monetario Europeo (S.M.E.) Conviene señalar
que el nuevo mecanismo de regulación en los cambios se puso
en marcha con muchas precauciones. La pertenencia de las
distintas monedas al S.M.E. era cuestión voluntaria, no
obligatoria. De modo que dentro del área de la C.E.E. convivían
monedas dentro del sistema con monedas ajenas a los compromisos
del mismo como la libra esterlina. En segundo lugar, el
mecanismo regulatorio no era la consecuencia de un acuerdo
entre Estados-Miembros, sino, de manera menos comprometedora,
entre Bancos Centrales de los distintos países. En tercer
lugar, las bandas de fluctuación de los cambios no eran
iguales para todas las monedas. Así, por ejemplo, la lira
italiana, considerada una moneda más volátil, tenía una
banda de fluctuación de seis puntos porcentuales respecto
del tipo central declarado frente a los tres puntos que
tenían la generalidad de las monedas. Finalmente cualquier
realineamiento de la parrilla de tipos de cambio solicitado
por un país con problemas requería para su puesta en práctica
del consenso de todos los demás participantes en el Sistema
y con frecuencia, conllevaba el movimiento -generalmente
moderado- de otros tipos de cambio centrales de otras monedas.
Pero lo más importante es que los mercados percibían que,
junto con esta mayor capacidad de intervención conjunta
en los mercados de cambio nacida de la coordinación de los
Bancos Centrales y con la mayor racionalidad introducida
en la decisión sobre las magnitudes de los ajustes cambiarios
y sus efectos cruzados dentro del sistema, los países que
participaban en el experimento tenían políticas económicas
crecientemente convergentes con procedimientos de intercambio
de información y experiencias cada vez más efectivas. A
fines de los años ochenta estaba ya bastante claro que las
reservas de divisas acumuladas eran insuficientes para detener
una ola especulativa en los mercados de cambios habida cuenta
de la magnitud alcanzada por los movimientos de capital
a corto plazo.
Esto último se puso dramáticamente de manifiesto en la crisis
del S.M.E. en 1992, propiciada por las consecuencias del
contradictorio mix de política económica alemana que se
derivó del proceso de unificación puesto en marcha tras
la caída del Muro de Berlín, en un contexto en el que el
cambio de algunas monedas como la libra esterlina, la lira
italiana o la peseta de España estaban claramente sobrevalorados.
La paradoja de esta experiencia es que la inestabilidad
cambiaria del bienio 1992-93 vivida en medio de una fuerte
depresión y una grave caída de las expectativas de crecimiento
no condujo a los países europeos a romper con cualquier
esperanza de estabilidad de los cambios entre sus monedas
o a dar por perdida cualquier posibilidad de coordinación
de sus políticas macroeconómicas. Antes al contrario, el
Tratado de Maastricht con la creación en etapas de la moneda
única (el Euro) y del Banco Central Europeo (y el Sistema
Europeo de Bancos Centrales) siguió adelante con mayores
exigencias en materia de convergencia de políticas macroeconómicas.
La razón fundamental, en mi opinión - sin descartar los
objetivos políticos del mismo, reforzados ahora por la ruptura
del equilibrio político y económico entre Francia y Alemania,
después de la reunificación de esta última y desaparecidas
muchas de las restricciones del orden estratégico derivado
de la Guerra Fría fue precisamente el convencimiento de
que en el nuevo contexto europeo era imposible mantener
la cohesión en el proceso de integración de la Unión Europea
sin eliminar los obstáculos de todo tipo que representaba
la inestabilidad de los cambios entre las distintas monedas
de los países miembros en un mundo con plena libertad de
movimientos de capital.
Esta breve historia del proceso integrador de la Unión Europea
sería, me parece, mal entendida si se interpretara como
la prueba evidente de que una avanzada integración en materia
económica y comercial es la condición previa para el desarrollo
de una integración en materia monetaria y financiera que
pueda culminar o no en una moneda y una política monetaria
únicas. La lectura adecuada de la misma debería por el contrario
llevarnos a tres conclusiones. Primero, las ventajas derivadas
de una integración económica abierta (apertura de los mercados
nacionales, mejora de la eficiencia a través de la competencia
y la más correcta asignación de recursos... etc) se evaporan
si no existe certidumbre razonable sobre la evolución de
los cambios de las monedas implicadas. Segundo, en un mundo
de cambios flotantes como el actual y de libertad de movimientos
de capital, tal certidumbre sólo se puede alcanzar si existe
una voluntad política clara de integración que se traduzca
en una convergencia leal de las políticas macroeconómicas
de los diversos miembros implicados y un sistema acordado
de incentivos y sanciones que favorezca este comportamiento.
Tercero, la voluntad política se ve reforzada por la propia
estabilidad cambiaria y debilitada enormemente por los episodios
de inestabilidad que quiebran las relaciones de competitividad
entre los países concernidos.
En conclusión, aunque es innegable que los procesos de integración
económica propician y refuerzan los de integración financiera,
en las circunstancias históricas que vivimos hoy más bien
parecería que una base de integración macroeconómica y monetaria
es indispensable para asegurar el éxito de la integración
económica. Pero ciertamente de poco servirá a la integración
coordinar las políticas macroeconómicas y alcanzar compromisos
cambiarios si al mismo tiempo se ponen obstáculos disimulados
a los intercambios comerciales, se dificulta la libertad
de establecimiento mediante sutiles barreras de entrada
y se retrasa la unificación del mercado interno. Pero si
se hace esto último, ¿cómo se puede hablar de verdadera
voluntad política de integración?
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