Reflexiones sobre la finalidad de la integración europea
De la Confederación a la Federación

Nº2 - noviembre 2000

Del discurso pronunciado por Joschka Fischer, en la Universidad Humboldt de Berlín el 12 de mayo de 2000

Hace cincuenta años Robert Schuman presentó su proyecto de "federación europea" para salvaguardar la paz. Aquel paso marcó el advenimiento de una nueva era sin parangón en la historia europea. La integración europea fue la respuesta a siglos de precario equilibrio entre las potencias del continente, que una y otra vez abocó a devastadoras guerras hegemónicas, cuyo funesto apogeo fueron las dos Guerras Mundiales entre 1914 y 1945. Por eso a partir de 1945 el núcleo del ideal europeo fue y sigue siendo el rechazo del principio del balance of power, de un sistema de equilibrio europeo y de las pretensiones hegemónicas de determinados Estados, surgido de la Paz de Westfalia de 1648, rechazo que se plasmó en una estrecha implicación de sus intereses vitales y en la transferencia de una parte de sus derechos de soberanía nacionales a instituciones europeas supranacionales.

Medio siglo después Europa, el proceso de la integración europea, es para todos los Estados y pueblos participantes sin duda el mayor reto político, dado que su éxito o su fracaso o el mero estancamiento de este proceso de integración serán determinantes para el futuro de todos nosotros, pero sobre todo para el futuro de la generación joven. Y justamente este proceso de integración está siendo actualmente blanco de numerosas críticas y se tacha de manifestación burocrática de una eurocracia sin alma y sin rostro afincada en Bruselas y que en el mejor de los casos se considera una pejiguera y en el peor un peligro.(...)

25 de marzo de 1957: Con este acto de la firma del Tratado de Roma se puso en marcha la Unión Europea.

Diez años después del final de la guerra fría y en plena emergencia de la era de la globalización los problemas y retos europeos se han enredado de forma casi palpable en un intrincado nudo que en las circunstancias actuales resultará sumamente difícil de desatar: La implantación de la moneda única, el inicio de la ampliación de la UE hacia el Este, la crisis de la última Comisión Europea, la escasa aceptación de que gozan el Parlamento Europeo y las elecciones europeas, las guerras en los Balcanes y la evolución de la política exterior y de seguridad común no definen únicamente las realizaciones, sino que también determinan los retos que han de superarse.

¿Quo vadis Europa? Esa es pues la pregunta que vuelve a plantearnos la historia de nuestro continente. Y por muchas razones, la respuesta de los europeos, si a lo que aspiran es a su bien y al bien de sus hijos, no puede ser otra que esta: avanzar hasta la culminación de la integración europea. Por un retroceso o un mero estancamiento y un aferrarse a lo logrado Europa, todos los Estados miembros y también todos los países que desean incorporarse a la Unión, pero sobre todo los ciudadanos de nuestros países, tendrían que pagar un precio fatalmente elevado. Esto vale muy singularmente para Alemania y los alemanes.

La tarea que nos aguarda va a ser todo menos fácil y va a requerir toda nuestra energía, porque durante la próxima década vamos a tener que llevar a cabo en lo esencial la ampliación de la UE hacia el Este y hacia el Sudeste, proceso que en definitiva se traducirá de facto en una duplicación del número de Estados miembros. Y al mismo tiempo, para poder asumir este reto histórico e integrar a los nuevos Estados miembros sin cuestionar substancialmente la capacidad de actuación de la UE, tendremos que colocar la última piedra del edificio de la integración europea, a saber, la integración política.

La necesidad de organizar paralelamente estos dos procesos sin duda es el mayor reto con el cual se ha visto confrontada la Unión desde su fundación. Pero ninguna generación puede elegir a su antojo sus retos históricos, y esta vez ocurre lo mismo. Nada menos que el final de la guerra fría y de la división forzosa de Europa son los hechos que confrontan a la UE y por tanto nos confrontan a nosotros con esta tarea, y es por eso por lo que también hoy necesitamos una energía imaginativa y un empeño pragmático similares a los acreditados por lean Monnet y Robert Schuman al final de la Segunda Guerra Mundial. Y al igual que entonces, al final de esa última gran guerra europea, que como casi siempre también fue una guerra francoalemana, en este último tramo de la construcción de la Unión Europea, a saber, su ampliación hacia el Este y la culminación de la integración política, resultará absolutamente determinante el papel de Francia y Alemania.

9 de mayo de 1950: El ministro de asuntos exteriores francés M. Robert Schuman lee la declaración que marca el comienzo de la política de la integración europea.

(...)Tras el desmoronamiento del imperio soviético la Unión Europea tuvo que abrirse hacia el Este, porque de lo contrario el ideal de la integración europea se hubiera minado a sí mismo y finalmente se habría destruido. ¿Por qué? Una ojeada a la antigua Yugoslavia evidencia las consecuencias, aunque no en todos los casos ni en todas partes se hubieran dado situaciones tan extremas. Una Unión Europea circunscrita a Europa Occidental a la larga se habría visto confrontada con un sistema de Estados europeo dividido: En Europa Occidental la integración, en Europa Oriental el viejo sistema de equilibrio de poderes con su invariable orientación nacional, imperativos de coalición, clásica política de intereses y permanente riesgo de ideologías y confrontaciones nacionalistas. Un sistema de Estados europeo dividido, carente de un orden englobador, haría de Europa a la larga un continente de inseguridad, y a medio plazo estas líneas de conflicto tradicionales volverían a trasladarse de Europa Oriental a la Unión Europea. Alemania saldría perdiendo más que nadie. Tampoco las realidades geopolíticas admitían después de 1989 alternativas verdaderamente factibles a la ampliación de las instituciones europeas hacia el Este, y ello es tanto más cierto en la era de la globalización.

En respuesta a ese corte de alcance verdaderamente histórico la Unión Europea puso en marcha un profundo proceso de transformación:

En Maastricht uno de los tres ámbitos esenciales de la soberanía del Estado nacional moderno -la moneda, la seguridad interior y la seguridad exterior- se trasladó a la responsabilidad exclusiva de una institución europea. La introducción del euro significó no solo la consumación de la integración económica, sino que al mismo tiempo fue un acto profundamente político, por cuanto la moneda no solo es una magnitud económica, sino que a la par simboliza el poder del soberano que la garantiza. Con respecto a las estructuras políticas y democráticas en ciernes, esa comunitarización de la economía y de la moneda ha generado una tensión que puede abocar a la UE a crisis internas si no corregimos productivamente las carencias en el ámbito de la integración política y no rematamos el proceso de la integración.

12 de julio de 1985: Firma El presidente de Portugal Mano Soares y el ministro Jaime Gama firman el tratado de adhesión de Portugal a la Unión Europea.


El Consejo Europeo de Tampere marcó el arranque de un nuevo proyecto de integración de gran alcance, la construcción de un espacio de libertad, seguridad y justicia común. De este modo la Europa de (os ciudadanos está al alcance de la mano. La importancia de este nuevo proyecto de integración, sin embargo, va más allá: el derecho común puede desarrollar una formidable energía integradora. Precisamente bajo la impresión de la guerra de Kosovo, los Estados europeos adoptaron nuevas iniciativas para fortalecer su capacidad de acción común en el ámbito de la política exterior, conviniendo en Colonia y Helsinki un nuevo objetivo: el desarrollo de una política europea común de seguridad y defensa. Con ello la Unión ha dado, después del euro, un paso más. Porque ¿cómo si no iba a justificarse a la larga que unos Estados irrevocablemente asociados por medio de una unión monetaria y que han unido sus destinos en lo económico y lo político no iban también a enfrentar conjuntamente las amenazas exteriores y garantizar conjuntamente su seguridad?

En Helsinki también se acordó un plan concreto para la ampliación de la Unión Europea. Según lo acordado, las fronteras exteriores de la futura UE estarían más o menos prefiguradas. Es previsible que al término del proceso de ampliación la Unión Europea cuente con 27, 30 o más miembros, casi tantos como la CSCE en el momento de su fundación.

Por consiguiente, en Europa nos vemos actualmente confrontados con la enormemente difícil tarea de organizar paralelamente dos proyectos de gran envergadura:

1.- La ampliación en el menor plazo posible. Este asunto plantea serias dificultades de ajuste a los países candidatos a la adhesión y a la propia Unión Europea. Además provoca inquietudes y temores entre nuestros ciudadanos: ¿Corren peligro sus puestos de trabajo? ¿Significará la ampliación para los ciudadanos una Europa aún menos transparente y menos comprensible? Por muy seriamente que tengamos que ocuparnos de estas cuestiones, en ningún caso debemos perder de vista la dimensión histórica de la ampliación hacia el Este. Por cuanto constituye una oportunidad única para unir en paz, seguridad, democracia y bienestar a nuestro continente, sacudido por guerras seculares.(...)

2.- La capacidad de acción de Europa. Las instituciones de la Comunidad Europea fueron creadas para seis Estados miembros. Con quince Estados miembros siguen funcionando a duras penas. Por muy importante que sea, también para el inicio de la ampliación, el primer paso de la reforma, consistente en extender las votaciones por mayoría cualificada con ocasión de la actual Conferencia Intergubernamental, desde luego que a la larga no bastará por sí solo para la ampliación en su conjunto. En tal caso el riesgo estriba en que una ampliación hasta un total de 27 ó 30 Estados miembros desborde la capacidad de absorción de la Unión Europea con sus viejas instituciones y mecanismos, lo cual podría ocasionar graves crisis. Pero, entiéndaseme bien, este riesgo no es un argumento en contra de una ampliación rápida sino, antes bien, un argumento en favor de una reforma resuelta y adecuada de las instituciones, con el objetivo de mantener la capacidad de acción también en el contexto de la ampliación. Por eso la consecuencia de la irrecusable ampliación de la UE es erosión o integración.

Estas dos tareas concentran la actividad de la actual Conferencia Intergubernamental. La UE se ha comprometido a estar preparada para incorporar a nuevos Estados miembros a partir del 1 de enero de 2003. Una vez cerrada la Agenda 2000, ahora de lo que se trata es de sentar las bases institucionales para la próxima fase de ampliación. Resolver las tres cuestiones esenciales composición de la Comisión, ponderación de votos en el Consejo y, muy particularmente, extensión de la votación por mayoría cualificada es indispensable para poder llevar adelante de forma fluida el proceso de ampliación. Por eso constituye ahora, en cuanto siguiente paso práctico por resolver, una prioridad absoluta. (...) La ampliación exigirá indispensablemente una reforma en profundidad de las instituciones europeas. ¿Cómo se concibe en efecto un Consejo Europeo con treinta jefes de Estado y de Gobierno? ¿Treinta presidencias? (...)¿Cómo se han de conciliar mediante el actual sistema institucional de la UE los intereses de treinta países, cómo adoptar las decisiones y encima luego actuar? (...)

Preguntas y más preguntas, para las cuales, sin embargo, existe una respuesta muy sencilla: la transición de la Confederación de los Estados de la Unión hacia la plena parlamentarización en el seno de una Federación Europea, tal y como la exigió hace ya cincuenta años Robert Schuman. Y esto significa ni más ni menos la existencia de un Parlamento europeo y de un Gobierno europeo que ejerzan efectivamente el poder legislativo y ejecutivo de la Federación. Esta Federación tendrá que basarse en un tratado constitucional. (...)

Es evidente que contra esta solución simple inmediatamente se elevará el reproche de que resulta impracticable. Se dirá que Europa no es un continente nuevo, sino un continente lleno de pueblos, culturas, lenguas e historias diferentes; que los Estados nacionales son realidades insoslayables, y que cuantas más estructuras ajenas a los ciudadanos y más actores anónimos surjan de la globalización y de la europeización, más se aferrarán los ciudadanos a la seguridad y al cobijo que les proporcionan los Estados nacionales.

Pues bien, todas estas objeciones yo las comparto, porque son objeciones fundadas. Por eso se cometería un error de construcción irreparable si se intentase culminar la integración política contra las instituciones y tradiciones nacionales existentes en lugar de tratar de incorporarlas al proceso. Una tal empresa estaría abocada al fracaso en las circunstancias históricoculturales imperantes en Europa. Para que, por enormes que sean las dificultades, este proyecto sea factible es indispensable que la integración europea incluya a los Estados nacionales en esa Federación, que sus instituciones no se devalúen o desaparezcan. Dicho de otro modo: La concepción predominante hasta ahora de un Estado Federal europeo que reemplace como nuevo soberano a los antiguos Estados nacionales y a sus democracias se revela como lucubración artificiosa ajena a las realidades europeas aquilatadas. La culminación de la integración europea sólo es concebible si se plasma sobre la base de un reparto de soberanía entre Europa y el Estado nacional. Precisamente este hecho es lo que subyace al concepto de la "subsidiariedad", que actualmente se discute en todas partes y apenas nadie entiende.

¿Qué ha de entenderse pues por "reparto de soberanía"? Como acabo de decir, Europa no emergerá de un espacio político vacío, de lo cual se deriva otro factor de nuestra realidad europea, a saber, las diferentes culturas políticas nacionales y sus opiniones públicas democráticas, separadas, además, por barreras lingüísticas. Por consiguiente, un Parlamento europeo siempre debe representar este binomio: la Europa de los Estados nacionales y la Europa de tos ciudadanos. Esto sólo será factible si ese Parlamento europeo aglutina a las diferentes élites políticas nacionales y a continuación también a las diferentes opiniones públicas nacionales. (...)

Del mismo modo se plantean dos opciones para el ejecutivo europeo, el gobierno europeo. O bien se opta por convertir el Consejo Europeo en un gobierno europeo, es decir, el gobierno europeo se forma a partir de los gobiernos nacionales, o bien, partiendo de la actual estructura de la Comisión, se apta por la elección directa de un presidente con amplias facultades ejecutivas. No obstante, en este orden de cosas también podrían concebirse diversas modalidades intermedias. (...)

El reparto de soberanía entre la Federación y los Estados nacionales presupone un tratado constitucional que establezca lo que debe regularse a escala europea y lo que deba seguir regulándose a nivel nacional. (...) Un nítido reparto de competencias entre la Federación y los Estados nacionales en un tratado constitucional europeo debería atribuir a la Federación los derechos soberanos esenciales y únicamente aquello que deba regularse indispensablemente a nivel europeo, en tanto que el resto seguiría siendo competencia normativa de los Estados nacionales. De ello dimanaría una Federación Europea compacta y a la vez dotada de capacidad de acción, plenamente soberana y, sin embargo, basada en Estados nacionales autoafirmados como partes integrantes de esa Federación. Además, esa Federación sería transparente y comprensible para los ciudadanos, por cuanto habría superado su déficit democrático. Sea como fuere, todo esto no significará la desaparición del Estado nacional. Por cuanto el Estado nacional, con sus tradiciones culturales y democráticas, seguirá siendo también para esa Federación en cuanto sujeto final un elemento insustituible con vistas a legitimar una Unión de ciudadanos y Estados plenamente aceptada por la población. (...) Los Estados nacionales perdurarán y conservarán a nivel europeo un papel mucho más importante que el de los Länder (Estados Federados) alemanes. Y en esa Federación el principio de subsidiariedad tendrá rango constitucional.

Estas tres reformas, a saber, la solución del problema de la proyección democrática y la necesidad de reordenar substancialmente las competencias tanto a nivel horizontal, es decir, entre las instituciones europeas, como a nivel vertical, es decir, entre Europa, los Estados nacionales y las regiones, sólo podrán fructificar mediante una refundación constitucional de Europa o, lo que es lo mismo, plasmando el proyecto de una Constitución europea, articulada necesariamente en torno al reconocimiento y protección de los derechos fundamentales y las libertades públicas, una división de poderes equilibrada entre las instituciones europeas y una delimitación precisa de los ámbitos europeo y nacional. El meollo de esta Constitución europea será la relación entre la Federación y los Estados nacionales. (...)

La cuestión que se plantea de modo cada vez más acuciante es la siguiente: ¿Podrá materializarse este proyecto de federación según el método de integración vigente hasta ahora o será preciso poner en tela de juicio el propio método, en cuanto elemento central del actual proceso de integración?

En el pasado el proceso de la integración europea aplicó predominantemente el "método Monnet", basado en el enfoque de la comunitarización de las instituciones y políticas europeas. Esta integración progresiva, hecha sin una maqueta del edificio final, se concibió en los años cincuenta para la integración económica de un pequeño grupo de países. Por muy fecundo que fuera este planteamiento en su momento, su utilidad para la integración política y la democratización de Europa ha sido relativa. Por eso en los ámbitos en que no era posible un avance conjunto de todos los Estados miembros se formaron avanzadillas de diferente composición, como sucedió por ejemplo con miras a la Unión Económica y Monetaria o en el contexto de Schengen.(...)

Si, habida cuenta del ineludible reto de la ampliación hacia el Este, la alternativa para la Unión Europea efectivamente es la erosión o la integración y si la porfía en la confederación de Estados implicase un punto muerto, con todas sus consecuencias negativas, dentro de los próximos diez años llegará el momento en que la Unión Europea, impelida por la presión de las circunstancias y las crisis desatadas por esas mismas circunstancias, se vea ante la siguiente disyuntiva: o bien la mayoría de los Estados miembros da el salto a la plena integración y concluye un Tratado Constitucional Europeo para fundar una Federación Europea o bien, de no suceder esto, un grupo más pequeño de Estados miembros forma una vanguardia en esa dirección, es decir, un centro de gravedad compuesto por algunos Estados que, a partir de una profunda convicción europeísta, estén dispuestos y en condiciones de llevar adelante la integración política. Es claro que en tal supuesto se plantearían las siguientes cuestiones: ¿Cuándo será el momento oportuno? ¿Quién participará? ¿Cristalizará ese centro de gravedad dentro o fuera de los Tratados? En todo caso, una cosa está clara: para el éxito de cualquier proyecto europeo en adelante seguirá siendo necesaria una estrechísima cooperación franco-alemana.

En vista de esta situación, cabría imaginar por tanto mucho más allá de la próxima década que Europa siguiera evolucionando en dos o tres fases: en primer lugar, desarrollando la cooperación reforzada entre aquellos Estados que deseen cooperar más estrechamente que otros, como ya está sucediendo en el ámbito de la Unión Económica y Monetaria y en el contexto de Schengen. Este instrumento nos permite avanzar en muchos ámbitos: en la creación de una Unión en materia de política económica a partir de la zona euro integrada por once Estados miembros, en la protección del medio ambiente, en la lucha contra la delincuencia, en el desarrollo de una política común en materia de inmigración y asilo y por supuesto también en la política exterior y de seguridad. A estos efectos es muy importante que la cooperación reforzada no se conciba como una abdicación de la integración.

Una posible etapa intermedia hacia la culminación de la unión política podría ser posteriormente la formación de un centro de gravedad. Un tal grupo de Estados concertaría un nuevo tratado fundamental europeo, que sería el núcleo de una Constitución de la Federación. Y sobre la base de este tratado fundamental se dotaría de instituciones propias, de un gobierno que en el seno de la Unión debería hablar con una sola voz por los miembros del grupo en el mayor número posible de cuestiones, de un Parlamento fuerte y de un presidente elegido directamente. Dicho centro de gravedad tendría que ser la vanguardia, la locomotora de la culminación de la integración política y abarcar a todos los elementos de la posterior Federación. (...) En estos momentos es imposible predecir qué Estados participarán en un proyecto de este tipo, los miembros fundadores de la Comunidad, los países integrantes de la zona euro u otro grupo. En toda reflexión sobre la opción del centro de gravedad debe quedar absolutamente clara una cosa: esa vanguardia jamás deberá ser exclusiva, sino que deberá estar abierta a todos los Estados miembros y a todos los países candidatos que, llegado el momento, deseen formar parte del mismo. Y deberán existir posibilidades de aproximación para todos aquellos que, queriendo participar, no reúnan las condiciones necesarias. La transparencia y una opción de participación para todos los miembros de la UE y para todos los candidatos serían factores esenciales de cara a la aceptación y viabilidad del proyecto. Y esto debe ser válido especialmente también en relación con los países candidatos. Por cuanto sería históricamente absurdo y profundamente insensato que, justamente en el momento en que por fin vuelve a unificarse, Europa se fragmentara de nuevo.

Un tal centro de gravedad debe pues conllevar un interés activo de ampliar su proyección y debe ser atractivo para los demás miembros. Si se aplica el principio de Hans Dietrich Genscher de que ningún Estado miembro puede ser obligado a ir más allá de lo que pueda o quiera pero todo aquel que no quiera ir más allá no tenga tampoco la posibilidad de impedir a otros seguir avanzando, el centro de gravedad se constituirá dentro de los tratados; en caso contrario, fuera de los mismos.

El último paso sería la culminación de la integración en el seno de una Federación Europea. Para evitar malentendidos: la cooperación reforzada no conduce automáticamente a esa meta, sea por medio de un centro de gravedad o de la mayoría de los Estados miembros de la Unión. De entrada la cooperación reforzada no significará sino una intergubernamentalización reforzada por mor de las apremiantes circunstancias y la inconsistencia del método Monnet. En cambio, el paso de la cooperación reforzada a un tratado constitucional lo cual será justamente la condición previa de la plena integración requiere conscientemente un acto de refundación política de Europa. (...)
Joschka Fischer

 
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