El proceso de globalización que ha experimentado la economía
mundial en las últimas décadas plantea numerosos retos.
La globalización, entendida como el proceso por el cual
las decisiones económicas rebasan el ámbito nacional para
considerar las oportunidades a nivel mundial, proporciona
la posibilidad de un aumento de la eficiencia en la asignación
de recursos económicos y financieros. Esto es especialmente
importante en el contexto actual de desarrollo de las tecnologías
de la información y de las telecomunicaciones, que resultan
cruciales en la denominada "nueva economía".
Está claro que, desde esta perspectiva, todos los países
en su conjunto deberían beneficiarse de la mejora de la
eficiencia a nivel mundial, en especial los países emergentes
con un mayor potencial de crecimiento, como los países iberoamericanos.
Ahora bien, las economías que pretendan sacar partido de
las ventajas indudables que proporciona la globalización
deben también estar preparadas para asumir este reto.
Así, las ventajas de la liberalización comercial sólo se
aprovecharán de forma adecuada si las economías adoptan
una clara vocación exterior. La integración regional, como
paso previo a la multilateralización de los intercambios,
constituye una apuesta fundamental por dicha vocación de
internacionalización y un pilar del crecimiento y del desarrollo
futuros.
Paralelamente, las oportunidades que ofrecen los mercados
financieros internacionales sólo son compatibles con un
marco de eficiencia, competencia y adecuada supervisión
de los mercados financieros nacionales, con una normativa
clara y efectiva en materia de control de riesgos y unas
instituciones de supervisión efectivas, ya que en un contexto
de globalización los capitales se transforman en árbitros
implacables del grado de credibilidad de las economías.
En este ámbito también una integración regional que rebase
el ámbito meramente comercial resulta una opción inmejorable
para la puesta en común de esfuerzos y el logro de sinergias
positivas. En el caso de Iberoamérica, España, por sus especiales
lazos históricos, económicos y culturales, siempre ha querido
servir de cabeza de puente entre este continente y el europeo,
apoyando el estrechamiento de los vínculos económicos bilaterales,
los procesos de integración regional iberoamericanos, y
los esfuerzos por extender estos esfuerzos al ámbito de
las relaciones entre la Unión Europea e Iberoamérica.
España, que es consciente de que los procesos de integración
tienen tantas más posibilidades de éxito cuanto más ambiciosos
sean los objetivos de cooperación, ha apostado siempre por
el continente iberoamericano. Prueba de ello es que Iberoamérica,
a donde se dirigen hoy más de un billón de pesetas en exportaciones
y de donde provienen casi 900 mil millones de pesetas en
forma de importaciones, es hoy en día el segundo socio comercial
de España después de la Unión Europea.
Esta especial relación se multiplica en un aspecto tan importante
de la globalización como es la inversión directa empresarial,
fuente al mismo tiempo de financiación exterior con vocación
de permanencia y de tecnología y gestión empresarial. Así,
España, sexto inversor mundial, destinó en 1999 el 70% de
su inversión directa en el exterior, es decir, unos 24.000
millones de dólares, a los países iberoamericanos. Esta
apuesta por Iberoamérica se extiende al apoyo del gobierno
español al desarrollo del continente, en un triple ámbito.
En primer lugar, con la profundización de las relaciones
bilaterales a través de Acuerdos de Promoción y Protección
Recíproca de Inversiones, Convenios para evitar la Doble
Imposición y los distintos Acuerdos de Cooperación Económica
Bilaterales firmados con los distintos países de Latinoamérica,
actividades que en el caso de los países con mayor nivel
de desarrollo se centran en las áreas de la pro-moción,
intercambio de información y formación comercial, mientras
que en el caso de países susceptibles de financiación concesional
se centran en el denominado Fondo de Ayuda al Desarrollo,
del que Iberoamérica recibió en 1999 un 44% de los más de
77.000 millones de pesetas destinados a este efecto. En
segundo lugar, a través de una apuesta firme y decidida
por los procesos de integración regionales, como los de
Mercosur o el Pacto Andino, y por la potenciación de las
relaciones entre Europa e Iberoamérica, a través del estímulo
a la firma del acuerdo entre la Unión Europea y México,
en un primer momento, y actualmente con el impulso para
la conclusión de las negociaciones entre la UE y Mercosur
y Chile.
Pero además, consciente de que en una economía globalizada
el éxito de la integración sólo es posible con un adecuado
marco de cooperación y estabilidad financiera, España quiere
contribuir al desarrollo de la región en todos sus frentes:
por un lado, mediante la ayuda al desarrollo tradicional,
como a través de la Iniciativa HIPC, donde la aportación
española asciende a más de 1.000 millones de dólares, entre
aportaciones bilaterales (772 millones), deuda ya condonada
(55 millones) y aportación multilateral (179 millones),
o el compromiso de más de 500 millones de dólares para la
Facilidad para Reducción de la Pobreza y para el Crecimiento,
donde parte se destinará países iberoamericanos; por otro
lado, mediante una ayuda al desarrollo con una concepción
más moderna: el apoyo financiero para la prevención y gestión
de las posibles crisis, que se ha materializado en aportaciones
adicionales de España al FMI (3.000 millones de dólares)
y al paquete de apoyo a Brasil, donde comprometió una aportación
de 1.000 millones de dólares, similar a la de los países
del G-7. En este sentido, España, que considera la estabilidad
de los mercados financieros iberoamericanos como un interés
común, está apoyando activamente la adopción de una posición
conjunta con los países latinoamericanos para adoptar posiciones
comunes en el debate actual sobre la nueva arquitectura
financiera internacional.
Todo ello se deriva necesariamente de la convicción de que
la globalización no es tanto una opción como una evolución
lógica de la economía mundial, cuyos beneficios permiten
aumentar el bienestar de los ciudadanos si se está dispuesto
a apostar por la eficiencia, la competitividad y la cooperación
regional y multilateral.