La economía mundial transita hoy por dos grandes procesos
interrelacionados: el de globalización y el de regionalismo.
La globalización expresa la fuerza determinante de los cambios
tecnológicos, sociales, políticos, económicos y culturales
que están dando forma a las sociedades modernas. Se trata
de un proceso de crecientes interacciones que opera a nivel
planetario. Una expresión concreta son las grandes fusiones
entre los gigantes de la banca, las telecomunicaciones y
la industria aeronáutica.
El país que opta por rechazar el proceso globalizador simplemente
escoge el ostracismo y el estancamiento. En definitiva,
la globalización es un proceso lleno de posibilidades, pero
también pleno de contradicciones e incertidumbres.
El segundo proceso por el que transita la economía mundial
es el regionalismo. Es un hecho que desde mediados de los
años 80 se han multiplicado los acuerdos regionales. La
Unión Europea se encuentra en plena profundización y ampliación;
también aumenta la cooperación entre los países de Europa
Central, y se fortalece la asociación entre los países bálticos.
En América del Norte el Tratado de libre Comercio entre
Canadá, Estados Unidos y México, más conocido como NAFTA,
llevó al proceso de negociación de un Area de Libre Comercio
de las Américas (ALCA). Especialmente relevante ha sido
el surgimiento del regionalismo en Asia, región que hasta
hace muy poco se había mantenido al margen de esa tendencia.
Así lo demuestran el acuerdo entre Australia y Nueva Zelanda,
las negociaciones entre Nueva Zelanda y Singapur, y el creciente
interés que han demostrado Corea, los países del ASEAN,
y Japón en la eventual negociación de acuerdos de libre
comercio. En África, se está consolidando la Comunidad de
Desarrollo de África Austral (SADEC).
En América Latina, destaca especialmente el MERCOSUR, que
constituye el proyecto económico y político de mayor potencial
en esta área del mundo. Por su parte, el Mercado Común Centroamericano
está emprendiendo un importante proceso de revitalización.
En el caso del Grupo Andino, se han registrado iniciativas
de rearticulación en los últimos años que pretenden acelerar
la integración entre los países miembros y converger con
otros bloques, como el Mercosur. Como consecuencia de todo
lo anterior, alrededor del 60% del comercio mundial hoy
se efectúa al interior de acuerdos de libre comercio o entre
países comprometidos en cronogramas de integración. El nuevo
impulso hacia la integración latinoamericana se ha caracterizado
por un mayor pragmatismo en comparación a las experiencias
anteriores y ha llevado a la superposición de múltiples
vías de acción, que incluyen mecanismos formales e informales,
procesos multilaterales o bilaterales, esquemas regionales
o subregionales, acciones amplias y restringidas. Crecientemente,
los proyectos de integración se abocan al desarrollo de
la infraestructura física, la utilización de recursos compartidos,
la conexión energética, el desarrollo tecnológico, la concertación
de intereses y posiciones económicas frente a actores terceros
y la adopción de posiciones conjuntas en materia de política
exterior.
En una economía globalizada como la actual, el nuevo regionalismo
no se opone al multilateralismo que acompaña a la globalización,
sino que representa más bien la manera que tienen los Estados-naciones
para competir mejor en el mercado mundial. Como bien se
ha observado, en el actual contexto "post - Seattle" y de
liberalización competitiva es bastante más fácil negociar
acuerdos de libre comercio con países vecinos que con la
totalidad de los miembros de la Organización Mundial de
Comercio.
El "regionalismo global" tiene por motivo central lograr
la reinserción de las economías nacionales en la economía
mundial, mediante el aprovechamiento de las complementariedades
y las ventajas de cercanía geográfica o cultural que poseen
las naciones de una misma región. Diversos estudios en América
Latina muestran que las exportaciones intraregionales poseen
un contenido mayor de tecnología y en consecuencia, tienden
a aportar más externalidades a las economías internas. Además
la geografía importa mucho pues existen externalidades asociadas
a la localización y aglomeración. En este contexto se plantea
el dilema de Chile como nación, y el de la mayoría de los
países de nuestro hemisferio. Nuestra incorporación al proceso
de globalización es inevitable, pero no tenemos los recursos
de poder para participar, de la forma que otros lo hacen,
en dicho proceso. Representamos el 0,3% del comercio mundial
y el multilateralismo todavía sigue siendo muy imperfecto,
en la medida en que nos sigue sometiendo a las presiones
proteccionistas de muchas economías del mundo. De ahí la
necesidad de unificar recursos para enfrentar la globalización.
Insertarnos adecuadamente en la nueva economía, evitando
la "brecha digital", plantea tareas de escala considerables
que muchas veces trascienden las capacidades de nuestro
reducido mercado interno. Por otra parte, como país relativamente
pequeño, no podríamos aspirar a influir decisivamente en
la agenda multilateral.
En los últimos años hemos avanzado mucho en esta estrategia
de asociaciones regionales aplicando una política pragmática
de regionalismo abierto en múltiples direcciones. Nuestra
concepción regional no se opone a la búsqueda plena de una
participación global porque el regionalismo que practicamos
no se cierra sobre su propia realidad, sino que busca acumular
la fuerza económica y política que le permita a nuestros
países una participación más plena en el ámbito global.
Ciertamente, la vía de la regionalización no está exenta
de dificultades. Algunas son externas, como las crisis mundiales,
que pueden dificultar el avance del proceso de integración.
Otras, internas a la región, más asociadas con la tendencia
en nuestros países a buscar la integración para obtener
beneficios sin estar dispuestos a asumir los costos. Finalmente,
están también las dificultades internas, normalmente de
carácter coyuntural que a veces hacen perder la perspectiva
estratégica en la que deben evaluarse los esfuerzos de integración.
Chile, está decididamente comprometido en este movimiento
de regionalismo global, que por ahora incluye el comercio
y las inversiones, pero que crecientemente incorpora también
los aspectos sociales, políticos y culturales de una verdadera
convergencia regional. La perspectiva es ambiciosa, pero
es imprescindible para construir un futuro más próspero,
libre y justo.